el teatro de la vida y la vida del teatro
Óscar Cornago
Para la sociedad moderna, desbordada de representaciones e imágenes, de ficciones y simulacros, la recuperación de lo real ha funcionado como una especie de consigna en campos muy diversos y con propósitos también distintos. Tanto en el arte como en la escena mediática se ha tratado de crear un efecto de realidad que estuviera más allá de lo ficticio, de lo que no es verdadero, del engaño y lo teatral.1 Fenómenos casi opuestos como los ready made en artes plásticas y los reality shows en televisión se presentan como auténticas realidades. La sed de realidad explica igualmente el auge del género documental en el cine de los últimos años, hasta el punto de que ciertas películas documentales han llegado a convertirse en éxitos de taquillas capaces de competir con las ficciones más elaboradas de la industria de Hollywood, lo que hubiera sido impensable años atrás. Incluso el medio televisivo, gobernado por los omnipotentes índices de audiencia, ha decidido apostar por un género mixto entre el documental y la ficción.2
De forma paralela, el teatro de la última década ha mostrado una marcada tendencia en este sentido.3 En términos generales, esto no constituye un fenómeno nuevo. La historia del teatro podría entenderse como las sucesivas reacciones de la escena ante las estrategias de espectacularización que la sociedad ha empleado en cada momento y su relación con la denominada realidad que se esconde tras esas puestas en escenas (políticas, religiosas, económicas…). El aumento de los espacios públicos de representación, impulsado por los grandes medios de comunicación, ha elevado los niveles de espectacularización de la realidad moderna hasta el extremo. Ante esta situación, la escena artística, como espacio de representación por excelencia, había de reaccionar en uno u otro sentido. Finter nos recuerda que tres pioneros del teatro moderno, como Antonin Artaud, Gertrude Stein y Bertolt Brecht, descubren en tres escenas de calle los modelos del teatro del futuro. A partir de los años sesenta, la realidad mediática se convierte en una de las fuentes de teatralidad de la escena para arrojar una mirada crítica a una idea de realidad fuertemente manipulada por los medios. Las estrategias de diálogo con los otros medios y la realidad oculta/producida por ellos se han intensificado a medida que nos acercamos a los años noventa. Como reacción también frente a tantas mediaciones, la escena ha querido recuperar una realidad inmediata y concreta a través del uso del vídeo, las instalaciones sonoras, los actores no profesionales o el énfasis en la dimensión performativa, es decir, de la escena como acontecimiento.
Ahora bien, desde el teatro político de Erwin Piscator hasta las últimas acciones urbanas, los acercamientos de la escena a la realidad y los modos de entenderla no han dejado de variar. En respuesta a una realidad mediatizada por las tecnologías de la imagen, en los últimos años se asiste a una reivindicación de una realidad humana en bruto, que recupere al individuo más allá de tecnologías mediáticas y discursos teóricos; se trata de la defensa de una subjetividad más allá de intelectualismos, que vuelva a presentarse, antes que nada, como una suerte de enigma, el enigma que esconde toda vida humana en su expresión más irreductible como presencia. Con el fin de acentuar esta dimensión física, sensorial e inmediata, la escena se revela como un instrumento idóneo. El plano político e histórico que aparecía de modo explícito en el teatro documental de otras épocas queda ahora como telón de fondo de una realidad personal y cotidiana, de las pequeñas realidades de personas anónimas en muchos casos, esa intimidad azarosa y poética que Boris Vian bautizó como la espuma de los días.
En este contexto hay que situar la empresa impulsada por Viviana Tellas, “Biodrama. Sobre la vida de las personas.” Con este proyecto la directora del Teatro Sarmiento convierte esta sala a partir de 2002 en un espacio de investigación, la vanguardia experimental del Complejo Teatral de la Ciudad de Buenos Aires, que tiene su sede central en el Teatro San Martín.
El proyecto consiste en encargar cada vez a un director distinto el montaje de una obra basada en personas que viven actualmente en Argentina. Hasta el momento se han representado seis biodramas y en octubre de 2004 se estrenó el séptimo y último hasta el momento; a ello hay que añadir el realizado por la directora del ciclo de forma privada. El enorme interés del proyecto de cara al actual contexto teatral y con respecto a las preguntas que la creación escénica tiene planteadas ha hecho que el ciclo tome vida propia en cada una de sus realizaciones. Algunas de ellas han seguido representándose y modificándose más allá de su programación inicial en el Teatro Sarmiento. La propuesta ha servido como un verdadero reto a algunos de los creadores más originales del teatro argentino de hoy, que han confrontado sus respectivas poéticas con esta suerte de tour de force que supone el enfrentar de manera directa el teatro a la vida, la ficción a la realidad. Especialmente interesante resulta comprobar cómo a partir de un mismo punto de partida teórico, se han concretado propuestas tan diversas desde poéticas siempre distintas. De este modo, a través de las nueve obras que se han producido hasta el momento disponemos de un privilegiado corpus que señalan algunos caminos por los que transita la escena argentina de hoy y en términos más generales el teatro actual —pues no todos los teatristas han sido argentinos—, lo que nos permite seguir sus líneas de evolución, temas de discusión y planteamientos escénicos últimos.
En el 2002 se estrenaron los tres primeros biodramas: Barrocos retratos de una papa, creación colectiva dirigida por Analía Couceyro, basada en la vida de la artista plástica Mildred Burton; Temperley. Sobre la vida de T. C., con dramaturgia de Luciano Suardi y Alejandro Tantanian, y dirección del primero, inspirada en la vida de una mujer de 85 años que emigró desde España; y Los 8 de julio, con dramaturgia y dirección de Beatriz Catani y Mariano Pensotti, donde se muestra la vida de tres personas nacidas el 8 de julio de 1958. Durante el 2003 se estrenaron ¡Sentate!, un “zoostituto” de Stefan Kaegi sobre el mundo de los animales utilizados como mascotas y la relación de estas con sus dueños; El aire alrededor, un retrato escénico de una maestra rural realizado por Mariana Obersztern; y La forma que se despliega, dirigida por Daniel Veronese, en la que se expone una reflexión sobre el sufrimiento humano ante la pérdida de un hijo. De forma paralela, Viviana Tellas presenta en un ámbito privado Mi mamá y mi tía, una propuesta de “teatro de familia” protagonizada por su madre y su tía reales. Finalmente, en el 2004 se estrena Nunca estuviste tan adorable, un trabajo de Javier Daulte sobre su propia memoria familiar. Merece la pena señalar el enorme éxito de algunas de estas propuestas, que les han permitido prolongar su representación más allá del ciclo, como fuera el caso de El aire alrededor o La forma que se despliega, lo que testimonia la actualidad y el interés de estos trabajos.4
Como puede comprobarse se trata de creadores que cuentan ya con una sólida trayectoria, algunos del reconocimiento de Veronese o Daulte, y otros de generaciones más jóvenes, pero con una obra anterior igualmente relevante, como Couceyro, Suardi, Catani o Kaegi. En todos los casos, la realización de un biodrama ha supuesto un paso más en el desarrollo de sus poéticas personales, desde las que se entendió el planteamiento inicial de un modo siempre distinto; esto es: el montaje del biodrama no ha implicado la renuncia al lenguaje particular de cada uno de ellos, sino al contrario. La diversidad de sus poéticas garantizó la diferencia en los caminos adoptados, lo que no impide extraer algunas reflexiones comunes. Lo primero que debemos constatar es, por tanto, la variedad de maneras de confrontar el teatro con la realidad, la escena con la vida o el personaje con la persona, las distintas posibilidades para citar la realidad desde la escena, para abrir el espacio a eso que llamamos vida. El teatro, como el arte en general, se revela como un fenómeno idóneo para reflexionar sobre la realidad desde un espacio de no-realidad; ahora bien, las relaciones entre uno y otro polo no son unívocas, sino que están sujetas a planteamientos variados que colocan la creación artística en diferentes lugares con respecto al mundo exterior. Esto es un componente presente, por otro lado, en numerosas obras teatrales, que contienen en mayor o menor grado elementos de realidad; la diferencia es que ahora este comportamiento se hace explícito. A partir de ahí, el biodrama plantea una doble cuestión: por un lado, el efecto de la mirada teatral sobre la realidad; por otro, el comportamiento del teatro a raíz de la introducción de elementos reales. El proyecto nos lanza, por consiguiente, un interrogante de ida y vuelta, que parte del teatro para volver a él, y que oculta en el fondo ese profundo sentimiento de crisis de la realidad y, por tanto, de las formas dominantes de representación con las que se la convierte en ficción; a esta crisis de las ficciones se refiere una de las protagonistas del ciclo, Catani:
Todo este año me pasé preguntándome sobre la eficacia de los procedimientos teatrales; fundamentalmente, sobre la representación, base de la ficción, en un país que vive una crisis tan notable y contundente. En un país fisurado en su representación política.
No creo que de una manera absoluta se pueda decir que no hay lugar para la ficción. De hecho lo hay, pero me interesa explorar el borde. En todo caso, estoy en crisis con el teatro, como obra cerrada en sí misma, como construcción de ficción y sostenimiento de esa ficción. (En Pacheco 1)
Comenzando por el recorrido de ida, es decir, de la escena a la vida, la pregunta sería cuáles son las transformaciones que experimenta la realidad, en este caso, de la vida de una persona cuando es vista desde una mirada teatral, hecha visible sub species theatralis. Lo primero que hay que anotar acerca de este proceso de teatralización es la necesaria participación consciente de un tercero, que va a ser aquel, en su caso el espectador, que llevará a cabo dicha transformación desde su mirada exterior, el ojo que teatraliza. La segunda operación es la delimitación por parte de esta mirada de un campo de realidad, de un espacio que va a funcionar como escenario de actuación. Sobre este escenario social o artístico esa mirada teatralizante va a resaltar los elementos materiales sobre los que se construye esta escena en su proceso inmediato de funcionamiento, en otras palabras, se va a resaltar el lado físico, material y procesual de la acción que está teniendo lugar, los gestos, movimientos, acciones, sonidos... El énfasis en esa exterioridad sensorial va a hacer posible la última operación fundamental, la construcción de un plano simbólico en el que estos componentes materiales van a adquirir una dimensión poética, situándose en una ontología de lo poético diversa a la ontología de lo real (Dubatti 19-21). A esto último se refiere Barthes (10) cuando define la teatralidad como la cuarta operación necesaria para fundar plenamente un nuevo lenguaje, consistente en ilimitar la lengua: “Qu´est-ce que théâtraliser? Ce n´est pas décoder la représentation, c´est illimiter le langage.”
La mirada teatral hace visible los medios de la realidad, los componentes materiales que proyectan esa realidad desde su exterioridad, produciendo un efecto inicial de vaciamiento semántico, de descontingencia con respecto a las circunstancias reales. Esa oquedad que late detrás de cada representación, por lo que tiene de artificio y engaño, luego será llenada por múltiples lecturas, al tiempo que seduce al espectador desde la inmediatez concreta de lo que está presenciando. Lo teatral seduce al que lo mira mediante un exceso de formas físicas y materiales, a través de su manera de funcionar/actuar, de ese estar-ahí en el mismo momento en que está siendo percibido, haciéndose visible una conciencia explícita de exposición por parte de quien representa la escena, sin la cual no habría plenamente teatralidad. Frente al qué se cuenta, la mirada teatral descubre el cómo se cuenta, el modo como algo está pasando, sucediendo en ese aquí y ahora compartido por el público. Ahora bien, ello no implica que el contenido de la acción deje de tener importancia, sino que, al contrario, se ve proyectado más allá de su contingencia social y política a través de estas operaciones de delimitación, formalización y poetización llevadas a cabo por efecto de la mirada (teatral). Con ello el lenguaje, la escena o la acción quedan ilimitados, abiertos a una pluralidad de interpretaciones, ofreciendo al espectador una mayor libertad de posiciones/lecturas con respecto a esa realidad, ahora teatralizada. Cuando estas operaciones tienen lugar dentro de una conciencia artística culturalmente sancionada se obtiene una obra de teatro, que podrá ser representada cada vez que exista voluntad de ello; si se realizan fuera de una convención dada, se obtiene un destello poético que apenas dura lo que la propia realidad tarda en recordarnos que nos encontramos en una dimensión no poética de la realidad, y el instante mágico de la epifanía poética se desvanece, con lo que ese momento no volverá a existir nunca más; por el contrario, su inserción en un marco plenamente teatral hace posible su repetición. En cualquier caso, la mirada teatral actúa sobre el mundo exterior como si se tratase de una operación quirúrgica, practicando cortes, descentramientos y focalizaciones con el propósito de hacer visible en una dimensión simbólica aquello que no lo es en el campo de la realidad, cuestionando sus categorías, límites y convenciones.
Recorriendo el camino de vuelta, es decir, de los efectos de esa carga vital sobre la escena, uno de los aspectos más reveladores del ciclo consiste en que tratando de acercar el teatro a la realidad, en la mayoría de los casos hubo que hablar del teatro, es decir, de la realidad del propio teatro, como si se tratase de un efecto boomerang. En la medida en que se intentó empujar la escena hacia la vida no teatral, la propia escena hizo visible su realidad específica. De alguna manera, el teatro no pudo hablar de una realidad exterior a él, sin hacer primero visible su propio cuerpo, sin hablar al mismo tiempo de su materialidad física y sus límites comunicacionales, sin hacer presente más que nunca al propio espectador, confuso ante la naturaleza —¿ficcional o real?— de lo que está viendo. El arte habla de la realidad exterior refiriéndose a su misma realidad; de ahí que las obras más sobresalientes de la historia no hayan dejado de hablar de sí mismas: los cuadros, de la pintura; la poesía, de las palabras; y el teatro, del espacio y el tiempo, de la relación del actor con el espectador, y de la dimensión física de las voces, sonidos y objetos que pueblan ese espacio. El acercamiento teatral a la vida de unas personas ilumina la teatralidad específica de estos escenarios, su condición física, procesual y colectiva; y viceversa, al introducir un elemento no teatral se hace más evidente, por contraste, la naturaleza ficcional que reviste todo el entramado escénico. El teatro hace visible sus límites al confrontarlos a realidades ajenas, ya sea artísticas (otros lenguajes y géneros espectaculares no específicamente teatrales) o no artísticas, como es el caso en los biodramas. Desde los contornos exteriores es posible obtener otras figuras del sistema teatral; aunque estas realidades del teatro y sus estrategias de ficción o no ficción pueden adoptar —como veremos a continuación— formas muy distintas. En un momento en el que los discursos teóricos parecen no buscar con tanta insistencia como en décadas pasadas las esencias de los sistemas a partir de sus centros, es necesario entender el funcionamiento de estos desde sus límites exteriores, desde sus espacios de indefinición en contacto con otros fenómenos estéticos o no estéticos; lo que da lugar a una variedad de combinaciones de un sistema flexible y en constante movimiento, como es el sistema de la comunicación escénica.
Esta es una de las aportaciones claves de este ciclo, una mirada sobre el teatro hecha a partir de lo que no es teatro, la propia vida; pero al mismo tiempo una reflexión teatral sobre la vida de las personas con el fin de rescatar ese lado que parece perderse desde acercamientos más técnicos, mediatizados o intelectuales, para rescatar su sentir, su estar-ahí, su modo (teatral) de ser presencia, física y sensorial, efímera e inmediata, proponiéndole al espectador una experiencia teatral, como quiere Kirby (10), en tanto que “an activity of the entire sensory organism rather than as an operation almost exclusively of the eyes —in a very limited way— and the mind.” En última instancia, un biodrama consistiría en recrear la vida de estas personas desde una exterioridad anterior a los sentidos lógicos y las preguntas trascendentales impuestas por los discursos culturales, recuperarlas como presencia y apariencia, desde la materialidad hecha visible de sus acciones, gestos y voces resituadas para ello en el plano poético de la escena teatral. En este sentido, el proyecto de Tellas supone la continuación de iniciativas anteriores, como la de hacer teatro inspirado y representado en los museos de la ciudad de Buenos Aires, entendiendo cada museo como una suerte de texto teatral,5 o el teatro a partir de la pintura; en ambos casos, la convención escénica queda confrontada con otras estrategias de representación, a partir de cuyo contraste se alumbra tanto un lado como el otro. Los biodramas suponen un paso adelante al enfrentar dos comportamientos en cierto modo excluyentes —quizá por ello también cercanos por oposición— como es el sistema natural de la representación, que es el teatro, con un espacio, como el de la vida, que se pretende auténtico y por ello no representacional, al menos no de modo explícito. Así pues, entre los mecanismos de teatralidad utilizados por los biodramas, uno de los principales será el sistema de oposiciones entre los principios de la representación —espacios del teatro— y los principios de la no-representación —espacios de la vida citados en escena—; aunque, como veremos, unos y otros no caminan de forma desligada.
La discusión de los biodramas nos ayudará a replantear algunos enfoques teóricos acerca del teatro, construidos sobre una oposición demasiado rígida entre las economías de la ficción y la realidad. De esta suerte, podemos aceptar como punto de partida las matrices de representación a las que se refiere Kirby para construir una escala gradual entre dos polos aparentemente opuestos: actuación / no-actuación. Sin embargo, el propio mecanismo teatral, que solo funciona según el modo como es percibido por el espectador, hace que esta clasificación pueda ser problemática, puesto que una representación que no se presenta como tal, una no-actuación, puede ser recibida por el público de este modo, como actuación, o viceversa; así que más que hablar de un trabajo de actuación o no-actuación, sería conveniente referirse a un efecto de actuación, es decir, de representación, frente a un efecto de no-representación, efectos que en el campo del teatro, donde la percepción sensorial es un fenómeno central, están muy unidos, como también nos recuerda el teórico norteamericano, a la provocación de afectos o emociones; aunque tampoco podemos aceptar que el lado afectivo tenga que oponerse al polo informativo de una obra documental, sino que ambas dimensiones —como puede verse a través de algunos biodramas— están estrechamente ligadas. Igualmente, no puede entenderse este acercamiento como una manera de delimitar el grado de teatralidad de una obra, pensando que va a ser más teatral cuanto más participe de una convención ficcional, y menos teatral cuando más se presente en forma de documetal escénico. Esto supondría identificar de manera reductora la teatralidad con un juego de falsedad o fingimiento, cuando el funcionamiento de la teatralidad ha de ser revisado dentro de cada situación específica de (re)presentación a partir de los mecanismos articulados por esta. En otras palabras, no existe un único tipo o fuente de teatralidad, sino que esta consiste en un modelo de funcionamiento sobre un límite construido a partir de la oposición de realidades distintas, como, por ejemplo, el límite entre la ficción y la realidad, entre las ausencias y las presencias, y este mecanismo de teatralidad se puede aplicar en direcciones muy distintas (Cornago). Así pues, veremos que una obra con una fuerte apariencia de objetividad, puede tener un elevado grado de teatralidad. En cualquier caso, sí queda claro que hay obras que desarrollan de manera explícita un nivel ficcional más elaborado frente a otras que tratan de superar lo ficcional, aunque una vez más esto debe entenderse como un marco de discusión y no un intento de clasificar de forma rígida realidades artísticas que tienen su fuerza justamente en la capacidad de jugar con ambos principios, de oponer, conjugar, excluir o ligar un efecto —vale decir: un afecto o emoción— de realidad con otro de ficción.
Comenzando por el primer polo, hay que destacar Barroco retrato de una papa y Nunca estuviste tan adorable, que se presentan desde el comienzo abiertamente como ficciones, aunque por el programa de mano y algunas referencias a lo largo de la obra, el público puede sospechar que están basadas en vidas reales. En ambos casos las convenciones de representación se hacen explícitas, hasta el punto de que sobre la reflexión en torno a estas convenciones se levanta uno de los discursos centrales de estas obras. En la primera, sobre la excéntrica vida de Mildred Burton, quien vive rodeada de animales en el porteño barrio de La Boca, Couceyro imprime una marcada plasticidad de cuento infantil, a mitad de camino entre lo cómico, lo ingenuo y lo siniestro, con referencias veladas al lenguaje pictórico de Burton. La arquitectura escénica, construida en dos niveles, delimita una serie de espacios de actuación fuertemente enmarcados, como si se tratase de las páginas de un cuento o láminas infantiles. Cada escena tiene lugar en un espacio diferente del anterior, y la luz se concentra en ese lugar, dejando el resto del escenario a oscuras. Se enfatiza la frontalidad de las escenas y la impresión de bidimensionalidad, como figuras que se mueven en el espacio plano de un cuadro. El vestuario y la actuación contribuyen a esa impresión naif, que no excluye, sino al contrario, la dimensión cruel y autoritaria de la abuela de Burton o de su marido, militar, ni la frescura imaginativa de los diálogos, con numerosas alusiones eróticas. Resaltando la naturaleza ficticia de lo teatral se subraya, por otro lado, el carácter verdadero y real de su estar-ocurriendo; un juego de tensiones que se utiliza como fuente de teatralidad: de una parte es una ficción, pero de otra es real en su suceder performativo en tanto que ficción, como explica la autora:
Me interesa la idea de lo artificial, que tiene que ver con la recuperación de lo teatral a partir de la utilización de las luces, del vestuario, del maquillaje. De algo que no podría ser verdadero. Y los retratos, el espacio recortado, ayudaron a definir algo de eso, de la conciencia de que es algo artificial, pero que realmete está sucediendo. (En Lettieri 33)
En contraste con este micromundo de ficción, se proyectan imágenes donde aparecen los tres actores en diferentes lugares relacionados con la vida de Burton, ofreciendo datos sobre su vida. Estas imágenes se alternan con otras en las que se ve a estas personas jugando a “El juego de la vida,” que consiste en un tablero en el que cada una de las casillas indica un episodio nuevo. La alusión a este juego a modo de caprichosa rueda de la fortuna introduce el tema del azar y el accidente en la vida, que va a ser una de las constantes en todos los biodramas, incluido ya entre los puntos centrales de la propuesta de Tellas a los teatristas. Hay un tercer tipo de proyecciones que termina poniendo el universo teatral contra las cuerdas; son aquellas en las que la propia Mildred Burton, de espaldas en principio, aparece llamando por teléfono a la escena para hablar con la actriz que hace su papel, una conversación que queda interrumpida cada vez en el mismo instante en que se produce la confrontación entre las dos Mildred. Solo la última vez, cerrando la obra, la verdadera Burton se gira en su escritorio para dar la cara a la cámara y ofrecer su opinión sobre la obra, distanciándose de algunos aspectos de esta, como la enfatización del lado más dramático de su vida a raíz de su niñez y experiencia matrimonial, cuando ella en realidad —según afirma— ha tenido siempre un talante positivo y vitalista. Ante la irrupción de la propia Burton a través de esa ventana a la realidad que es la pantalla de vídeo, el teatro queda relativizado como construcción ficcional y quizá engañosa. Ficción y realidad establecen un diálogo, lo cual no quiere decir que la primera contenga menos verdad que la segunda. Al público, enfrentado a unas y otras realidades, escénicas las unas, existenciales las otras, le queda la necesidad de elegir, de decidir cuánta verdad y cuánto engaño hay en cada una de las partes; una pregunta que proyectada a todo el ciclo no busca tanto una respuesta única como un cuestionamiento de las divisiones más convencionales para enfrentarse a la realidad, a la vida y a la memoria en busca de verdades definitivas.
Por su parte, el trabajo de Daulte adopta una poética muy diferente, ya desarrollada por él mismo en obras anteriores. Sin embargo, como en la propuesta de Couceyro, y a diferencia de otros biodramas, la representación se abre in media res y con un alto nivel de convencionalidad explícita, que en este caso está tomado de los lenguajes característicos de los grandes medios de comunicación, especialmente la televisión y películas de género. Como referencia directa, la televisión irrumpe en los primeros minutos de la representación, en mitad del ajetreo familiar, como un regalo que recibe la madre de un supuesto admirador. Ella, con toda la familia y la vecina haciéndole de coro, excepto su marido (que luego se revela como el autor de estos magníficos regalos), queda deslumbrada por el nuevo ingenio, aclamado en la casa con nervios y emoción contenida. El aparato va a ocupar un lugar central de la escena durante toda la obra, ofreciéndole al espectador una de las claves de codificación empleadas para transformar esa realidad exterior, relativa en este caso a la familia del propio autor, en material dramático. Este es otro de los interrogantes a los que alude el proyecto de Tellas: ¿cómo se transforma la vida de alguien en un material dramático? ¿qué hace que unas vidas sean más teatrales que otras? La obra representa la vida de esta familia, dejando al descubierto el creciente nivel de desintegración vivido por los padres, excelentemente interpretados por María Onetto, una de las actrices más relevantes del teatro argentino de después de la dictadura —hay que recordar sus trabajos en La escala humana, de Rafael Spregelburd, Daulte y Tantanian, o en Donde más duele, de Ricardo Bartís—, y Carlos Portaluppi. La obra se apoya sobre dos escenas centrales de gran intensidad entre las que se desarrolla un marcado paralelismo: el momento en el que se presenta en familia el novio de una de las hijas, que lleva ya el apellido Daulte, y cuando años después el padre vuelve a la casa con motivo de la boda de su otra hija. La interpretación del padre y la madre contrastan fuertemente: mientras Onetto despliega un trabajo nervioso y activo, más actuado en un sentido explícito, como corresponde a una personalidad pendiente de las apariencias, Portaluppi opone un registro estático, distanciado con respecto al mundo dramático de su propia familia, y por ello con un mayor efecto de realidad. En la primera de estas escenas, el padre, sin saber cómo comportarse ante su futuro yerno, y tras haber intercambiado apenas algunos formalismos, le confiesa a este su decisión sincera de dejar a su mujer, porque esta parece aspirar a otro tipo de vida que él no le puede dar. Como es de esperar, el yerno, también nervioso ante la situación, no sabe qué decir. Ahí se abre una suerte de vacío en mitad de este mundo dramático, que queda quebrado no tanto por lo que se dice, sino por el modo cómo se dice, por el efecto de verdad que alcanza una interpretación descentrada que disuena en mitad del ritmo acelerado que gobierna en la familia. La escena penúltima se construye de modo paralelo. Ahora es el yerno, ya casado con su hija, quien no sabe tampoco cómo comportarse —cómo representar— ante la llegada de su suegro, a quien no ha vuelto a ver desde entonces. Como en el caso del padre, la interpretación del novio se distancia también de los registros más enfáticos de otros personajes. A esta altura, el mundo de la madre aparece ya claramente desintegrado, a punto de la quiebra emocional, mientras que la vida (teatral) se revela cíclica y repetitiva, el eterno retorno de lo mismo, que apunta a esa energía vital que alienta el hecho teatral.
Con frecuentes las citas de la sociedad argentina de los años cincuenta y sesenta, Nunca estuviste tan adorable termina con una escena en la que se recrean las convenciones del cine de aquellos años. En ella se vuelve a representar la llegada del novio a la casa por primera vez, pero en un registro idealizado que responde al estereotipo de la familia feliz y las expectativas de un público educado por los grandes medios. Desde la distancia que introducen las convenciones del lenguaje cinematográfico clásico, puesto al día posteriormente por la televisión a través de las telenovelas, se refuerza el efecto de realidad de la obra, las pequeñas tragedias que se ocultan detrás de las convenciones y formas consensuadas de representación. La pulida superficie de la representación se agrieta para dejar ver otra realidad; a ello contribuyen los distintos modos de extrañamiento, de toma de distancia con respecto al sistema poético dominante, como los lenguajes actorales del padre y el yerno. Paralelamente, a lo largo de toda la obra, pero sobre todo hacia el final, el interrogante acerca del amor sobrevuela la vida de los personajes y sus relaciones sentimentales, cada vez más deshabitadas, hasta que algunos de ellos llegan a preguntarse si alguna vez estuvieron realmente enamorados. Nuevamente, el biodrama termina haciendo una reflexión a través de sus propios planteamientos formales acerca del paso del tiempo y las convenciones que articulan la realidad, la realidad de la escena y la realidad de la vida.
Temperley. Sobre la vida de T.C. y El aire alrededor se sitúan en una posición diferente con respecto a las convenciones dramáticas y, por tanto, también a la realidad referida, mediatizada por estas convenciones. Si bien en ambos casos se asiste a la construcción de un plano ficcional, el tratamiento escénico apunta más a un ejercicio de presentación (del drama) antes que de representación. Avanzando en este sentido, el planteamiento dramatúrgico ya no se apoya en el desarrollo lineal de una historia, aunque también la haya, sino que esta avanza mediante la yuxtaposición de escenas. Estas escenas ya no tienen el objetivo prioritario de comunicar una determinada información sobre la vida de las protagonistas, sino de crear una atmósfera, una emoción capaz de transmitir más allá de las palabras el sentir de unas vidas. El eje de tensiones ya no se sostiene mayormente en los diálogos dramáticos, en la oposición entre un protagonista y un antagonista, sino que se sitúa en otros niveles, como en el plano estructural que expresa el paso del tiempo y por tanto la tensión entre un pasado y un presente, y sobre todo, vinculado a esto último, en la relación emocional que el espectador establece con la obra a medida que se profundiza esta sensación de temporalidad. A través de este ejercicio de mostración, que no deja de ser, por otro lado, una estrategia más de representación, concretamente de puesta en escena de la representación, se apunta, por tanto, en última instancia, a la construcción de una consciencia del tiempo pasado que adquiere un carácter —como no puede ser de otro modo— profundamente humano. El teatro, como la vida, acontecen en esa dimensión procesual que tiene el tiempo como un continuo transcurrir, un constante estar-pasando, como la propia representación, que se desvanece en el momento en que deja de producirse, de estar en continuo movimiento. Desde este enfoque, el teatro se revela como un espacio de lo efímero, como la vida, poblado por ausencias y recuerdos, por cosas que estuvieron ahí y ya no están, y por eso la necesidad de evocarlas, de re-presentarlas, de volver a hacerlas presentes. Para ello la escena subraya esa dimensión temporal e inmediata que está en la base de todo lo teatral.
Con el fin de evitar una narración convencional, en el primer caso Suardi recurre a una estructura temporal flexible, que con agilidad avanza y retrocede en el tiempo. En la escena suceden los recuerdos, como epifanías temporales. La escenografía de tono minimalista está delimitada por los planos de dos paredes no simétricas de un extraño pasillo que se abre hacia el público, como la boca del tiempo que nos habla del pasado, y que parece invitar al acto de la confesión o el testimonio personal. Una misma iluminación sumerge a actores y públicos en esta rara atmósfera a mitad de camino entre la realidad y la ficción. En escena se ven casi únicamente los elementos de trabajo, un sillón, una palangana y un árbol de navidad. Este último, utilizado como común denominador de toda la acción, situada en las fiestas navideñas, así como las escenas de aseo en la palangana, contribuyen a formar una atmósfera intimista. La obra habla de la vida familiar y las reflexiones personales de una mujer de edad avanzada que emigró a Argentina, se casó, perdió a su hijo en un accidente, y tiempo después a su marido, y a pesar de todo sigue adelante con su vida. Este es otro de los temas recurrentes en los biodramas, propuesto también desde el planteamiento inicial de Tellas, la capacidad de las personas de sufrir y aceptar el sufrimiento, de seguir adelante a pesar de las tragedias personales; todo lo cual termina revirtiendo en una reflexión sobre el tiempo. Entre las discusiones sobre temas cotidianos, se intercala la lectura de documentos personales, como cartas, diarios o el Reglamento del Hotel del Inmigrante, que refuerzan este carácter de mostración casi documental que tiene toda la obra. Sobre un plano de fondo en el que se van situando los accidentes que han ido hilvanando la vida de la protagonista, traídos por una memoria entre azarosa y confusa, resalta la limpia concreción de cualidad casi performativa de las escasas acciones que se realizan en escena, como la decoración del árbol de Navidad o el aseo con la palangana y el agua. El efecto de teatralidad que sostiene la obra se construye sobre el eje de tensiones entre ese tiempo referido, que se agolpa en la memoria de las protagonistas, y la concreción material de las acciones que realizan en escena, del acto performativo de la confesión en voz alta, es decir, entre el componente lejano y abstracto que va atesorando una vida, por un lado, y lo inmediato y físico que no deja de tener, por otro.
El aire alrededor gira en torno a la vida de Mónica Martínez, una maestra rural casada y con hijos. Se recurre nuevamente a un tono cotidiano y personal, desarrollado a través de una sucesión de escenas que en este caso sí parecen tener cierto orden temporal, aunque cada una de ellas mantenga una autonomía propia. Lo esencial vuelve a ser la construcción de una atmósfera que penetre más allá de las superficies de unas vidas; como dice el propio título, llegar a transmitir el aire alrededor de las personas y más concretamente de Moní. Pero para esto es necesario hacer perceptible también el aire alrededor de los actores, la atmósfera escénica.
Em comparación con la propuesta de Suardi, no se incluyen citas textuales directas, aunque sí se utilizan citas de la realidad, como el sonido del campo y una proyección constante de un paisaje de campo en una enorme pantalla rectangular que ocupa casi todo el fondo del escenario. Los diálogos, sin tener una finalidad informativa, retoman un mayor peso en la construcción sicológica de los personajes. Llevando adelante el contraste apuntado en Temperley entre lo natural (de la vida) y lo artificial (de la escena), la propuesta de Obersztern subraya este eje como un elemento clave de su construcción poética y fuente de teatralidad. La escenografía y utilería intensifican el juego de oposiciones entre su materialidad explícita, de un minimalismo casi geométrico, y la realidad natural a la que hacen referencia, ya sea a través de la pantalla, los ruidos o el pasto, superficie igualmente rectangular que se utiliza como delimitación del espacio de actuación, además de unos troncos naturales y una gallina viva. Frente a ello, los actores esperan, a menudo a la vista del público, el momento previo a su intervención, y las escenas se interrumpen igualmente frente al público. La interpretación conjuga un estilo naturalista con una constante denuncia explícita del estar-actuando, que no excluye cierto tono naif, como de juego escénico, lo cual se traslada a las reflexiones que los protagonistas, y especialmente Moní, hacen sobre la vida —ese extraño juego de la vida, al que se alude—. En la escena final, cuando el personaje principal reflexiona sobre el paso del tiempo, los cambios que conlleva la vida y la incertidumbre del futuro, irrumpe la voz grabada de la directora hablando con Mónica, tomada probablemente de una de las grabaciones que se utilizó para preparar el montaje. Sin negar el artificio inherente a todo lo escénico, ni aludir a hechos cuya referencia rebase la propia obra, el espectáculo consigue crear una impresión de cálida inmediatez y verdad humana a través de la cercanía y veracidad del propio teatro como construcción y juego. De esta suerte, la obra acierta a hablar de la vida refiriéndose a su propia existencia como representación, como paso del tiempo, comunicación casi íntima con el público ahí presente, experiencia sensorial, y la emoción que se desprende de todo ello. Esto es lo que el público finalmente termina sabiendo/sintiendo acerca de Moní, una forma de sentir, de sorprenderse ante lo cotidiano, ante lo normal, de mirar las cosas de muy cerca y agarrar el tiempo por cada instante. De este modo, a partir de esa mirada transversal, la obra consigue hacer visible justamente eso, lo cotidano, lo normal que a lo mejor no es tan normal, el misterio desconocido del tiempo construido como una sucesión de instantes.
Con Los 8 de julio, subtitulada Experiencia sobre registro de paso del tiempo, entramos en un teatro abiertamente documental que prescinde, al menos de modo consciente, de las convenciones dramáticas. La obra gira en torno a la vida de tres personas que tienen en común el haber nacido el 8 de julio de 1958, un actor, Alfredo Martín, una mujer casada que espera un hijo, María Rosa, y un piloto de aviación que pinta cuadros en sus ratos libres, Silvio Francini. A cada uno de ellos se le encomienda un trabajo que debe realizar a lo largo de seis meses, a través del cual van a estar también presentes en escena, subrayando la cualidad procesual y performativa de la propia obra como montaje. Alfredo debe filmar a María Rosa, sin llegar a conocerla directamente; María Rosa debe andar con una cámara fotográfica y pedirle a los viandantes que la fotografíen donde ella quiera; finalmente, Silvio debe hacer seis cuadros de un mismo árbol. Durante la obra, Alfredo se dirigirá al público para hablar de sí mismo y también mostrará las grabaciones en vídeo que ha sacado de María Rosa, mientras cuenta su experiencia de filmación durante esos seis meses. María Rosa, que vive en Córdoba, no estará en la escena, pero llamará por teléfono en un momento de la representación y hablará con Alfredo, que no la conoce directamente. Este ofrecerá también al público la oportunidad de hacerle alguna pregunta. Debido a su trabajo, Silvio no podrá acudir a las representaciones, y en su lugar estará su mujer, que se referirá a la vida de su marido en un tono testimonial. Por medio de este juego de referencias cruzadas, el espectáculo destaca la dimensión procesual, es decir, el hecho de estar construyéndose ahí y ahora, frente al público. Hacer visible los preparativos que han llevado hasta ese punto es otra vía para subrayar esa cualidad definitoria de lo teatral, que es su realidad como proceso, así como su imposibilidad de alcanzar un estado perfectivo en tanto que resultado u obra fija que quede para su posterior disfrute, comercialización o análisis. Nótese que en la obra coexisten diferentes modos de registrar la realidad, de grabarla y hacerla presente, como el vídeo, la fotografía o la pintura, y a todos ellos se le va a añadir la escena, haciendo visible la diferencia esencial que caracteriza a esta última en comparación con los demás, que es su carácter presencial, inmediato y físico, su realidad irreductible.
Abriendo y cerrando la obra se proyectan imágenes de personas que el 8 de julio de 2002 estaban por la Plaza de Mayo, a las que se les plantea dos preguntas: primero, ¿cómo les fue ese día? y al final, ¿qué esperan hacer el 8 de julio del 2007? Las proyecciones dan entrada a un fondo social y político que impulsa el alcance de la obra más allá de la existencia personal de sus protagonistas. Estas personas anónimas explican las dificultades sociales y económicas por las que atraviesa Argentina y sus propias vidas. La obra se cierra con el sonido de fondo de los disparos de los policías por los disturbios populares de piqueteros frente a la Casa de la Gobernación. De este modo, Catani consigue mezclar el registro personal y cotidano de sus protagonistas con la dimensión social abierta por estos otros personajes anónimos presentes en escena a través de las imágenes.
Los 8 de julio obliga a reflexionar sobre un aspecto que atraviesa en mayor o medida casi todos los biodramas y, en términos más generales, el fenómeno teatral, que es el juego entre las presencias y las ausencias. La imposibilidad para dos de los protagonistas de estar en escena hace que sus ausencias estén muy marcadas, oponiéndose a las presencias tan físicas y concretas en un espacio vacío de los otros dos intervinientes, convertidos inevitablemente en los actores de la obra. Como en el caso de Temperley, aunque en un sentido más físico y material ahora, el teatro se vuelve a revelar como un espacio donde entran en diálogo unas presencias con unas ausencias. Entre estos dos polos, que coexisten en el mismo actor cuando este interpreta un personaje, se establece un juego de distancias y tensiones que constituye una de las fuentes primordiales de la teatralidad. El sistema de referencias cruzadas entre unos y otros, Alfredo hablando de María Rosa a través de los vídeos, María Rosa llamando por teléfono, Silvio hecho presente a través de su mujer y sus cuadros, potencia la teatralidad de todo el montaje. El hecho de que los actores no salgan al final a recibir los aplausos, enfatiza la idea de que los protagonistas de la obra son también todos esos ausentes, el personaje anónimo y colectivo que se hizo presente sin estar ahí físicamente, y que siendo reflejo del mismo público (argentino) sentado frente a la escena. Esta dimensión liga forzosamente la escena con el tema de la muerte, que ha conocido tantas reflexiones desde el mundo del teatro. En el trabajo de Oberzstern se acentúa esta sensación de ausencia, que a su vez está relacionada una vez más con lo efímero de la realidad y el paso del tiempo. Al público le queda la decisión de creer en la veracidad o el engaño de todo lo que se está contando en escena, incluido el proceso de montaje de la obra, es decir, las filmaciones, fotografías y pinturas realizadas por sus protagonistas. Cuando se le brinda al espectador la oportunidad de preguntar a María Rosa algo por teléfono, este ve confrontada sus dudas con una realidad que se le está imponiendo, una realidad que desde fuera irrumpe en el espacio de la ficción —¿realidad verdadera o ficticia?—. Sin embargo, no es este efecto de realidad el que confiere fuerza al espectáculo —lo cual sería eliminar la potencialidad poética del teatro como arte—, sino la realidad del propio montaje capaz de alcanzar un plano poético para proyectar los elementos de partida hacia una reflexión más amplia sobre los misterios de la vida y el paso incierto del tiempo, la apertura de los lenguajes escénicos a una pluralidad de interpretaciones. En este sentido, finalmente, llega a ser indiferente si lo que se esconde detrás de la obra es una pura ficción o es verdad, o son las dos cosas a la vez, pues para entonces el teatro ha conquistado ya su propia realidad.
El teatrista suizo Stefan Kaegi fue invitado al ciclo de biodramas por su trayectoria anterior que lo avala en este tipo de propuestas a mitad de camino entre la ficción y la realidad. En su anterior montaje en Argentina, Torero portero, tres personas en paro que habían sido porteros de edificios cuentan en plena calle anécdotas sobre su trabajo, interfiriendo con los peatones. En esta ocasión, teniendo en cuenta la ubicación del Teatro Sarmiento en un lateral del zoológico de Buenos Aires, Kaegi decide subir los animales a escena a modo de pequeño homenaje teatral al propio zoológico. Para ello convoca a través de la prensa (procedimiento utilizado también para otros biodramas) a personas con sus mascotas. Finalmente, se selecciona a tres dueños: de una perra, de dos tortugas y de catorce conejos, respectivamente, a los que se une un hacker informático que intervendrá con una iguana, que se le compró expresamente para la representación, y un cuidador de perros que aparece al final. Cada uno de los dueños le cuenta al público el proceso de selección que le llevó a formar parte de la obra y los problemas que hubo que resolver para su realización, con lo que se resalta una vez más la condición procesual y en cierto modo abierta de todo lo que está teniendo lugar en escena. Alternativamente, van leyendo unos textos numerados en los que se da cuenta de esta peculiar historia escénica. Al mismo tiempo, muestran de un modo performativo cómo es su relación con los animales y el comportamiento de estos entre sí. Los animales garantizan un elemento de azar, imprevisibilidad y realidad no actuada que sirve de reto y atractivo en la poética de un autor basada en estrategias de desestabilización de las convenciones escénicas. Un animal en escena supone una especie de escándalo semiótico que cuestiona el funcionamiento de la re-presentación desde su no conciencia teatral, desde su innegable presencia y carencia total de distancia sobre sí mismo. La tensión que se produce entre aquellos elementos de la representación ya previstos, como la lectura de las fichas, y los que se escapan al principio de la repetición, se convierte, al igual que en otros biodramas en los límites con la realidad, en otra fuente de teatralidad, de juego de tensiones entre dos espacios, el del teatro y el de aquello que escapa al teatro, lo previsto y el azar, la ficción y la realidad. Para que este juego sea posible es necesario la duración en tiempo real que posee el teatro, como explica el director: “Lo que me encanta del teatro —y por eso dejé las artes plásticas— es que obliga al espectador a concentrarse en una duración, una narración temporal” (en Pauls). A lo largo del montaje se proyectan grabaciones en las que una bióloga habla sobre el comportamiento de los animales, planteándose preguntas acerca de la posibilidad de que un animal sea consciente de estar actuando o pueda llegar a mentir a su dueño. Más inquietante resulta, no obstante, el planteamiento contrario, también presente en la obra: la mirada del animal como desencadenante de la teatralidad del dueño, que no deja de actuar frente a él, o el dueño tratando de imitar a su mascota, convertida así en personaje principal. En cualquier caso, se lleva la posibilidad de la representación al límite, aunque desde unos parámetros materiales que no buscan directamente los desarrollos poéticos fundamentales en otros biodramas, a pesar de la construcción de ciertas imágenes casi surrealistas a lo largo de la representación.
Al margen del ciclo oficial Tellas dirige una obra que por sus condiciones específicas se sitúa igualmente en los márgenes del teatro. Mi mamá y mi tía, interpretado por primera vez en el 2003, se adscribe a un género que la directora denomina “teatro de familia” y a un ciclo que ella misma ha seguido desarrollando bajo el título de Archivos.6 La obra, interpretada por los familiares reales a los que alude el título, cuenta la memoria de la familia a través de recuerdos, fotografías, vestidos y otros objetos que evocan un pasado ya lejano, sin excluir la breve intervención de la tercera hermana, cuando esta se encuentra en Buenos Aires. El contexto pragmático que rodea la representación, el tratarse de un acto privado, casi familiar, que acaba en un baile al que se invita al público, seguido de un pequeño convite de tradición judía, el no cobrar entrada y no actuar en un espacio profesional, contribuye a situar el acto a mitad de camino entre el teatro y la presentación documental. Resulta interesante el hecho de que si se cambiase el contexto de comunicación, representando la obra en una sala profesional a la que se accede con entrada, sería más difícil dejar de considerarla una obra teatral en sentido riguroso. Las intervenciones esporádicas de la directora, situada a un lado de la escena, ayudan a guiar en algunos momentos el camino de la representación. No es fácil considerar la presencia de Tellas como una tercera actriz de la obra, pero en un teatro profesional esto ocurriría automáticamente. Asimismo, la veracidad de todo lo que se cuenta es aceptada por todos los asistentes, que conocen el tipo de obra a la que han acudido, previa explicación de la directora, mientras que si se tratase de una presentación profesional la realidad o la ficción de lo que se dice en escena pasaría a ser responsabilidad de un público ajeno a su proceso de construcción. No es fácil referirse a las protagonistas de la obra, Graciela y Luisa Ninio, como actrices, dado el tono de inmediata naturalidad con el que se lleva a cabo la presentación, sin embargo, sosteniendo todo esto no deja de haber un guión que lo articula, un texto dramático construido sobre la historia familiar que hace posible su re-presentación cada semana, su repetición. Es importante destacar que entre las muchas cosas que se narran, se incluyen datos y fechas importantes de la historia de la familia, sin embargo, las escenas centrales giran en torno a episodios cotidianos, a pequeñas anécdotas surgidas aquí y allá. Una vez más, uno de los efectos de teatralidad reside en la tensión entre la profunda carga de naturalidad (de vida) de lo que se está contando y el necesario artificio que implica la situación de su representación, el hablar frente a un público ordenadamente dispuesto para la situación, la utilización de luces, aunque mínimas, de un micrófono y otros elementos de apoyo, que acentúan la presentación física, material e inmediata, es decir, teatral, de todo ello. El inicio de la obra con las dos protagonistas jugando al bingo introduce desde el comienzo un aire de espontaneidad apoyado en un trabajo performativo. Estos aspectos hacen posible que la obra pueda combinar el tono de espontaneidad, de verdad, con una estructura que hace posible su repetición. El contraste entre ambos polos, naturalidad y artificio, se convierte en una fuente de teatralidad y constituye otro de los centros de interés del proyecto de Tellas: Parte de esta investigación está ligada al tema de la repetición, un rasgo teatral por excelencia pero que aparece naturalmente en la gente. Los actores tienen una técnica para repetir sus escenas y hacer que eso resulte siempre nuevo. Pero a mí lo que me interesa es la teatralidad natural que aparece en la repetición o en la mentira, otro mecanismo muy teatral. (En Espinosa)
Si consideramos este espectáculo como una obra de teatro, diríamos que el montaje alcanza un enorme grado de verdad, la transmisión de un innegable sentido de vida, de humanidad; si lo consideramos un acto testimonial, se pondría de manifiesto la construcción de una rudimentaria situación escénica realizada para este fin. El acto llega a expresar una profunda emoción de vida, a la que se llega a través del sentimiento de verdad que transmiten las dos protagonistas, la pregunta sería: ¿si todo lo que han contado fuera una invención, qué cambiaría de cara a su consideración teatral? y ¿qué cambiaría en cuanto a su consideración como testimonio humano?
Antes de extraer las conclusiones finales, analicemos la última obra, en términos cronológicos la sexta del ciclo, La forma que se despliega, de Daniel Veronese, donde se añade un elemento nuevo a los considerados hasta ahora. Como en los casos anteriores, este biodrama tiene también una peculiaridad que lo diferencia del resto, una licencia con respecto a las condiciones de partida, y es que no está basado en la vida de una persona real, aunque de no saberlo, el espectador bien podría creerlo así. El director imprime un giro en el proyecto para convertirlo en un doble reto, por un lado, a nivel humano, en una reflexión acerca, no de una persona, sino de un sentimiento, convertido en obsesión, el dolor humano en general, pero concretado en el supuesto de la muerte de un hijo (en este sentido, se podría decir que el protagonista del biodrama es el mismo director a través de su obsesión); y, por otro lado, a nivel escénico, en una reflexión acerca del teatro, la condición perversa del actor como sustituto y los límites de la credibilidad del teatro en tanto que expresión ficticia (Durán). La discusión de estos dos puntos ha acompañado la mayoría de los biodramas, pero en este caso Veronese, dando un paso más en su poética personal, los convierte en objeto explícito de investigación, enfrentando la situación dramática y teatral contra sus límites, empujándola por un callejón sin salida para ver qué ocurre. En un tono confesional característico de todo el ciclo, la obra presenta a una pareja que habla de su historia personal. El diálogo termina alcanzando el punto central sin que este llegue a ser nombrado de forma explícita: la ausencia del hijo. Una vez más se trata, por tanto, de una reflexión sobre una ausencia, entendida como pérdida; así lo explica el director en el dossier de prensa: “una obra sobre lo que no se tiene. El teatro está hecho de la falta y su correspondiente melancolía.” Esta profunda sensación de melancolía es la que se apodera de la escena al final de muchos de los biodramas, pensemos en Los 8 de julio o en El aire alrededor, por citar dos ejemplos, una mirada melancólica provocada por un sentimiento de vacío o pérdida que atraviesa toda la Modernidad, como nos recuerda Walter Benjamin.
Esta suerte de confesión en la que consiste la mayor parte de la obra se hace ante un extraño personaje que parece haber convocado a esa pareja para que hablen de su drama, una especie de alter ego, por tanto, del propio director. Salvo escasas intervenciones, este personaje permanece callado, mirando sombrío desde la distancia, entre dolorido e indiferente, a menudo casi como una presencia ausente. Este personaje maneja un piano de juguete de pequeñas proporciones que toca de vez en cuando, mientras que se refiere a la pareja como “los niños” en un tono entre superior y despreciativo. Tras su estreno en el Teatro Sarmiento, la obra siguió representándose fuera del ciclo con algunas modificaciones, como la introducción de una nueva actriz, que haría de compañera de este personaje, al que “los niños” llaman el artista. El espacio hace pensar en una reducida sala de estar compartida por actores y espectadores, en la que están situados los asientos de cada una de las parejas (si nos referimos a la versión última), formando ángulo recto, y una pequeña mesa en el centro. En el montaje inicial hay también un piano real envuelto en plástico transparente, como una cita de una realidad verdadera en un mundo de ficciones. El espacio está cerrado en sus otros dos lados por las escasas filas de asientos para el público. Los espectadores presencian la violenta situación emocional desde una incómoda proximidad, que les confiere una condición casi de voyeur, hasta el punto de convertirse de manera tangencial en un tercer personaje más dentro de este triángulo formado por cada uno de los grupos (lo que se acentuaba en el Teatro Sarmiento al dejar visible el patio de butacas vacío, pues el público estaba sentado en el mismo escenario): la pareja que habla, la pareja que escucha y los espectadores, que también escuchan a unos y otros, como jueces últimos de este juego perverso de sustituciones y engaños que también es el teatro, donde la realidad, incluso la realidad más cotidiana, adquiere a menudo —como explica la directora del ciclo— una apariencia siniestra por ese inevitable sistema de desdoblamientos que se acentúa en los biodramas:
El teatro es una experiencia siniestra, ya de por sí lo es en el sentido clásico freudiano. Algo inerte que se vuelve vivo, un lugar donde lo cotidiano se te vuelve extraño y en el que te ves pero no sos vos. Eso está siempre muy presente en todo hecho teatral y más aún en una experiencia como Biodramas. (Tellas)
El espectáculo va creciendo en intensidad emocional a medida que se acerca al final. Como en otros biodramas, la percepción del instante, del momento inmediato, se hace cada vez más fuerte, y es desde esa reivindicación de un aquí y ahora efímero, pero real, que la realidad referida, el mundo extraescénico y lógica temporal queda desubicada, descubierta como construcción, desequilibrada por efecto del surgimiento de una verdad específicamente escénica que ya no es, como explica el director, copia de la realidad: “No intento copiar la realidad; intento producir verdad en sus innumerables formas. Intento encontrar verdad porque ella es siempre revolucionaria” (en Pacheco 6). De este modo, se consigue arrojar otra mirada sobre la realidad, una mirada que el propio director, integrante de El Periférico de Objetos, llamaría periférica, desde la cual se consigue manifestar la realidad como un momento de epifanía, de revelación. A medida que se acerca este estadio, la relación entre las dos parejas se hace más tensa y comienzan los reproches: los unos acusan a los otros de su posición de artistas, de embellecedores de la realidad con su “musiquita ridícula”, de su deseo de crear una forma que se despliega envolviéndolo todo, como una nota de piano; por su parte, los “artistas” toman la palabra final para descubrir el engaño, desvelando la identidad de los “niños” como actores a los que han pagado para que finjan un dolor que no han sufrido y que solo lo interpretan, mientras que ellos, ahí en silencio, sin poder llorar, son los que sí conocen realmente ese dolor. La obra da así un giro inesperado, introduciendo una distancia que hace visible ese juego de teatro dentro del teatro, una distancia que no deja de separar dos niveles de ficción, uno que se presenta como falso, fingido, y otro como real. El efecto de realidad se intensifica mediante esta distancia de desvelamientos; aunque el mismo juego de sustituciones y falseamientos podría seguir desplegándose hacia la pareja de artistas, que al fin y al cabo son también actores, pero igualmente se despliega hacia los mismos espectadores, que en un juego de cajas chinas se ven enfrentados a la pregunta de si es posible sufrir verdaderamente un dolor que no se ha vivido, como la pérdida de un ser querido. ¿Quiénes sufren el dolor? ¿Dónde están los límites entre la verdad y el fingimiento del dolor? ¿Cómo es posible expresar lo inexpresable, dar una forma a algo tan informe? Antes que una respuesta, se ofrece una reflexión escénica acerca de todo ello, en la que se pone de manifiesto el poder de manipulación de la escena, imagen al mismo tiempo del poder de manipulación de otras escenas infinitamente más potentes, que son los grandes escenarios mediáticos. La diferencia entre la escena teatral y los escenarios mediáticos radicaría en la capacidad esencial a la primera para alcanzar una verdad poética a partir de ese ejercicio de fingimiento físico, sin la cual la obra sería fallida.
Finalmente, la función termina girando sobre sí misma, para llevar a cabo una reflexión acerca del teatro —podríamos añadir: de la vida misma— como un mundo de engaños, pero también de realidades, la propia realidad de la interpretación, del juego del actor. La pregunta última no sería acerca de la verdad o la mentira de lo que se está contando, sino del efecto de verdad —y en este caso, pues se trata de vidas de personas— de verdad humana que contiene la obra. El intento por hablar de la vida ha terminado conduciendo al teatro a hablar de su propia vida, de la vida de las formas, de las realidades escénicas, que son un juego de sustituciones en el que unas realidades no dejan de reenviarnos a las otras, y viceversa.
En esto consiste uno de los atractivos singulares del proyecto de los biodramas, en el efecto de cuestionamiento que tiene de cara al público, al encontrarse este confrontado a un peculiar sistema de tensiones entre dos mundos opuestos, el del teatro y el de la vida. La pregunta —inevitable— se plantea una y otra vez: ¿será verdad o mentira lo que me están contando?, ¿es un truco o una realidad? ¿es una persona de verdad o un actor?; una cuestión inquietante que no encuentra respuesta, pues la verdad y la mentira del teatro y la vida son ontológicamente diversas y al mismo tiempo se superponen. En la escena todo es verdad y mentira a la vez, todo está fingido (preparado para su interpretación frente a un público), pero también, por ello mismo, vivido como interpretación; todos son inevitablemente actores, pero por eso mismo también personas reales. Esa humanidad es el barro con el que se construye el teatro. Dentro del sistema teatral, todo es un engaño, pues está preparado para su re-presentación, pero al mismo tiempo contiene una verdad, la del propio juego de la interpretación, del performance que se despliega frente al público, una experiencia sensorial de innegable realidad; por eso nos recueda Peter Brook que todo en la escena es verdad —la verdad del acto de la interpretación—, a diferencia de la vida, donde verdades y mentiras tratan de encubrirse: “La seule différence entre le théâtre et la vie, c´est que le théâtre est toujours vrai” (en Picon-Vallin 14). Esa sería, en última instancia, la perspectiva que el arte en general y más concretamente el teatro abre para la realidad verdadera de la propia vida, el hecho de que detrás de tanta realidad también se esconde un mucho de representación, de engaño, pero también por eso, de ilusión y juego: la poesía de la realidad hecha visible a través de la mirada teatral.
Consejo Superior de Investigaciones Científicas- Madrid
Bibliografía
CORNAGO, Óscar. “El funcionamiento de la teatralidad: un juego con los límites.” En Pensar la teatralidad. Miguel Romero Esteo y las estéticas de la Modernidad, del mismo autor. Madrid: Fundamentos, 2003: 48-67.
DUBATTI, Jorge. El convivio teatral. Teoría y práctica del Teatro Comparado. Buenos Aires: Atuel, 2003.
DURÁN, Ana. “El contra-biodrama.” En Funámbulos. Los viudos de la certeza 21 (abril 2004): 48-50.
ESPINOSA, Patricia. “Las fantasías de un director a escena.” En Ámbito Financiero (15 octubre 2003).
FINTER, Helga. “¿Espectáculo de lo real o realidad del espectáculo? Notas sobre la teatralidad y el teatro reciente en Alemania.” En Teatro al Sur. Revista Latinoamericana 25 (octubre 2003): 29-38.
KIRBY, Michel. A formalist theatre. Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1987.
LETTIERI, Pablo. “Una historia en retratos.” En Teatro. La Revista del Complejo Teatral de Buenos Aires 68 (agosto 2002): 31-34.
PACHECO, Carlos. “Teatro que se nutre de la realidad.” En La Nación (12 diciembre 2002): 1, 6.
PAULS, Alan. “La bestia humana.” En Página 12 (16 marzo 2003).
PICON-VALLIN, Béatrice, ed. Le film de théâtre. Paris: Centre National de la Recherche Scientifique, 1997.
TELLAS, Viviana. “Siempre queremos ser mirados.” En Ámbito Financiero (3 agosto 2002).
Notas:
1 Este trabajo se enmarca dentro del proyecto de investigación “La teatralidad como paradigma de la Modernidad: análisis comparativo de los sistemas estéticos en el siglo XX (desde 1880)”, financiado por el programa “Ramón y Cajal” del Ministerio de Educación y Cultura de España.
2 La televisión francesa, por ejemplo, pasó de 400 horas de documentales en 1991 a 2500 en 2001, lo que ya sido calificado como “L´irrésistible ascension du documentaire” (Le Monde 3.VII.2004: 4).
3 A este respecto, una curiosa reflexión desde el cine puede encontrarse en la película del director español Achero Mañas (2002) Noviembre, en la que se narra con una estrategia documental la historia de un grupo de teatro de calle que trató de convertir sus producciones en verdadera realidad. A través de sus espectáculos fueron llevando más lejos este principio, hasta llegar a representar un atentado terrorista en plena calle, dejando que la gente, incluidas las fuerzas públicas, lo tomaran como algo cierto, como una realidad no artística. Aunque la historia del grupo se sitúa en los años noventa, las personas que aparecen dando testimonio sobre aquella aventura teatral son los verdaderos protagonistas del teatro español más comprometido de los años sesenta y setenta.
4 A este respecto, una curiosa reflexión desde el cine puede encontrarse en la película del director español Achero Mañas (2002) Noviembre, en la que se narra con una estrategia documental la historia de un grupo de teatro de calle que trató de convertir sus producciones en verdadera realidad. A través de sus espectáculos fueron llevando más lejos este principio, hasta llegar a representar un atentado terrorista en plena calle, dejando que la gente, incluidas las fuerzas públicas, lo tomaran como algo cierto, como una realidad no artística. Aunque la historia del grupo se sitúa en los años noventa, las personas que aparecen dando testimonio sobre aquella aventura teatral son los verdaderos protagonistas del teatro español más comprometido de los años sesenta y setenta.
5 Museos fue un proyecto del Centro de Experimentación Teatral de la Universidad de Buenos Aires, coordinado igualmente por Tellas, que empezó en 1994 y ha conocido una edición anual entre 1995 y 2000. Los directores invitados fueron Pompeyo Audivert, Cristina Banegas, Beatriz Catani, Cristian Drut, Emilio García Wehbi, Eva Halac, Paco Giménez, Federico León, Mariana Obersztern, Miguel Pittier, Rafael Spregelburd, Luciano Suardi, Rubén Szchumacher, Alejandro Tantanian, Helena Tritek
6 La segunda obra de este ciclo, Tres filósofos con bigote, enfrenta la escena a la filosofía, dando entrada a tres profesores de filosofía de la Universidad de Buenos Aires que discuten sobre diferentes temas filosóficos en un tono lúdico rayano en lo satírico, al tiempo que hacen referencia a aspectos de sus vidas personales.
Referencia bibliográfica:
«Biodrama. Sobre el teatro de la vida y la vida del teatro», Latin American Theater Review (Kansas University) 39.1 (Fall 2005), pp. 5-27.
quinta-feira, 30 de setembro de 2010
quinta-feira, 23 de setembro de 2010
CORTE SECO
CIA. VÉRTICE - ENCENAÇÃO DE CHRISTIANE JATAHY
Havia um tempo em que era quase pecado mostrar os artifícios que há por trás de uma encenação. As inúmeras decisões do diretor, os vacilos dos atores e, sobretudo, a arquitetura do espetáculo deviam mostrar-se prontos e acabados para o público. Hoje, esse modelo, ainda que sobreviva, não é o único.
Corte Seco, da Cia. Vértice de Teatro, mostra as possibilidade de ampliação da experiência teatral quando se rompem as convenções teatrais. Alguns chama isso de metalinguagem, mas é muito mais. A metaliguagem, se fosse o caso, seria um recurso que revelaria o funcionamento da comunicação teatral, a peça dentro da peça. Em Corte Seco, ocorre um embaralhamento entre real, imaginário e representação. Por extensão, entre a vida dos atores e das personagens, entre o improviso e a marcação. Em outros termos, entre o real e o ficcionado.
No palco, a própria diretora, Christiane Jatahy, faz intervenções e muda a ordem das cenas. Será verdade ou foi tudo combinado? Esse mistério é muito excitante. Atores e atrizes são chamados por seus nomes reais. Mas seriam reais ou artísticos? Para complicar ainda mais o jogo, há no elenco celebridades (Du Moscovis, Marjorie Estiano), convivendo/contracenando com quem nunca apareceu na revista Caras. O uso do vídeo, que capta imagens de fora do teatro em tempo real, expande ainda mais as possibilidades de interpretação.
Mas e as histórias? São várias e se cruzam. Há o casal em crise porque ela não quer ter filhos. Há o menino apaixonado pela atriz famosa. Tem até um garoto que revela querer ser mulher. A mãe responde que já sabia que ele usava suas roupas escondido, mas pensava que era um segredinho entre eles.
Se no teatro do absurdo representava-se o vazio, Corte Seco inverte a equação e aponta para o vazio da representação. No lugar da angústia, a fruição do tempo. E o deleite de saber que a história sempre pode ser diferente.
OS SISTEMAS - O PROCESSO
Quem assistiu o Corte Seco sabe que há vários sistemas dramatúrgicos que constituem a peça e, explicitamente ou secretamente, guiam a narrativa e os desdobramentos de uma certa ação. Estes sistemas foram aplicados pela diretora com base nas propostas de José Sanchis Sinisterra e adicionam à peça um sabor de jogo que cresce a cada cena. No vídeo abaixo estão Leonardo Netto e Ricardo Santos bem no início dos ensaios criando aquele que foi o primeiro sistema do processo. Ele se chama “5 Vezes” e é explicado por Chris Jatahy – aconselhamos colocar um fone de ouvido e mergulhar um pouco mais no estágio de criação da peça.
O sistema acima se transformou na cena de Ricardo e Branca Messina. Pedimos para o ator Leo Netto (no vídeo, de camisa azul) para nos falar um pouco sobre outros sistemas utilizados e como eles se tornaram parte da peça, ele escreve abaixo (essa é apenas para quem já viu o espetáculo!):
■A cena que eu faço com a Thereza (Piffer) no “entrelaçados” (cenas rápidas entrecortadas pela diretora, logo no início da peça) surgiu de uma improvisação que eu fiz com o Pedro Brício, seguindo um sistema do Sinisterra onde uma pessoa tem que ensinar outra a fazer algo. Tive a idéia de ensinar o Pedro a lidar com más notícias
■A cena do baralho com a Stellinha, dos irmãos que foram abusados pelo vizinho na infância, também foi uma improvisação baseada em outro sistema onde “A ajuda B a lembrar”
■A cena da metalinguagem, com o Du (Moscovis) e Felipe (Abib), foi improvisada apartir do sistema “Situação Limite”
■A cena da família surgiu de um processo da vara de família onde a mãe pedia na justiça o direito de probir o filho travesti de se vestir de mulher dentro de casa. Inspirados por esse fato, improvisamos também com o sistema “Situação Limite”. Por isso nós fazemos essa cena no espetáculo realizando o sistema que eu e Du tentamos fazer com o Felipe na metalinguagem. Porque as duas cenas foram criadas com o mesmo sistema.
CorteSeco_5X from Corte Seco on Vimeo.
Maiores informações, desdobramentos, comentários - visite o site da Cia. Vértice
http://corteseco.com/tag/corte-seco/
CIA. VÉRTICE - ENCENAÇÃO DE CHRISTIANE JATAHY
Havia um tempo em que era quase pecado mostrar os artifícios que há por trás de uma encenação. As inúmeras decisões do diretor, os vacilos dos atores e, sobretudo, a arquitetura do espetáculo deviam mostrar-se prontos e acabados para o público. Hoje, esse modelo, ainda que sobreviva, não é o único.
Corte Seco, da Cia. Vértice de Teatro, mostra as possibilidade de ampliação da experiência teatral quando se rompem as convenções teatrais. Alguns chama isso de metalinguagem, mas é muito mais. A metaliguagem, se fosse o caso, seria um recurso que revelaria o funcionamento da comunicação teatral, a peça dentro da peça. Em Corte Seco, ocorre um embaralhamento entre real, imaginário e representação. Por extensão, entre a vida dos atores e das personagens, entre o improviso e a marcação. Em outros termos, entre o real e o ficcionado.
No palco, a própria diretora, Christiane Jatahy, faz intervenções e muda a ordem das cenas. Será verdade ou foi tudo combinado? Esse mistério é muito excitante. Atores e atrizes são chamados por seus nomes reais. Mas seriam reais ou artísticos? Para complicar ainda mais o jogo, há no elenco celebridades (Du Moscovis, Marjorie Estiano), convivendo/contracenando com quem nunca apareceu na revista Caras. O uso do vídeo, que capta imagens de fora do teatro em tempo real, expande ainda mais as possibilidades de interpretação.
Mas e as histórias? São várias e se cruzam. Há o casal em crise porque ela não quer ter filhos. Há o menino apaixonado pela atriz famosa. Tem até um garoto que revela querer ser mulher. A mãe responde que já sabia que ele usava suas roupas escondido, mas pensava que era um segredinho entre eles.
Se no teatro do absurdo representava-se o vazio, Corte Seco inverte a equação e aponta para o vazio da representação. No lugar da angústia, a fruição do tempo. E o deleite de saber que a história sempre pode ser diferente.
OS SISTEMAS - O PROCESSO
Quem assistiu o Corte Seco sabe que há vários sistemas dramatúrgicos que constituem a peça e, explicitamente ou secretamente, guiam a narrativa e os desdobramentos de uma certa ação. Estes sistemas foram aplicados pela diretora com base nas propostas de José Sanchis Sinisterra e adicionam à peça um sabor de jogo que cresce a cada cena. No vídeo abaixo estão Leonardo Netto e Ricardo Santos bem no início dos ensaios criando aquele que foi o primeiro sistema do processo. Ele se chama “5 Vezes” e é explicado por Chris Jatahy – aconselhamos colocar um fone de ouvido e mergulhar um pouco mais no estágio de criação da peça.
O sistema acima se transformou na cena de Ricardo e Branca Messina. Pedimos para o ator Leo Netto (no vídeo, de camisa azul) para nos falar um pouco sobre outros sistemas utilizados e como eles se tornaram parte da peça, ele escreve abaixo (essa é apenas para quem já viu o espetáculo!):
■A cena que eu faço com a Thereza (Piffer) no “entrelaçados” (cenas rápidas entrecortadas pela diretora, logo no início da peça) surgiu de uma improvisação que eu fiz com o Pedro Brício, seguindo um sistema do Sinisterra onde uma pessoa tem que ensinar outra a fazer algo. Tive a idéia de ensinar o Pedro a lidar com más notícias
■A cena do baralho com a Stellinha, dos irmãos que foram abusados pelo vizinho na infância, também foi uma improvisação baseada em outro sistema onde “A ajuda B a lembrar”
■A cena da metalinguagem, com o Du (Moscovis) e Felipe (Abib), foi improvisada apartir do sistema “Situação Limite”
■A cena da família surgiu de um processo da vara de família onde a mãe pedia na justiça o direito de probir o filho travesti de se vestir de mulher dentro de casa. Inspirados por esse fato, improvisamos também com o sistema “Situação Limite”. Por isso nós fazemos essa cena no espetáculo realizando o sistema que eu e Du tentamos fazer com o Felipe na metalinguagem. Porque as duas cenas foram criadas com o mesmo sistema.
CorteSeco_5X from Corte Seco on Vimeo.
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domingo, 19 de setembro de 2010
Definir performance é um falso problema
Atriz, performer, a carioca Eleonora Fabião é Doutora em Estudos da Performance pela New York University, Fabião fala na entrevista a seguir sobre alguns aspectos que permeiam sua pesquisa: a relação da performance com as artes e como o conceito desestabiliza uma idéia preconcebida entre o performer-ativo e espectador-passivo
O conceito de performance ligado à arte é bem escorregadio e, por outro lado, existe uma visão mais senso comum do termo bem limitadora. O que realmente é performance? Existe um conceito mais fechado do termo?
A performance é uma prática artística que se desenvolve como gênero ao longo da segunda metade do século XX, ou seja, depois da Segunda Guerra Mundial e suas catástrofes correlatas. Digo “se desenvolve como gênero” pois muitos historiadores defendem a idéia de que as origens das práticas performativas são mais remotas. Alguns propõe que a performance tem suas raízes fincadas nos movimentos de vanguarda do início do século (dadaísmo, surrealismo etc.). Outros sugerem que a performance é tão antiga quanto o ritual. É importante enfatizar que a noção de performance como a conhecemos hoje aparece por volta dos anos 1960, quando inúmeras manifestações artísticas - que não podiam ser classificadas como teatro, dança, pintura, escultura ou qualquer outro gênero previamente conhecido - começam a acontecer simultaneamente pelo mundo afora. A performance surge no cenário pós-guerra como uma denúncia, uma resposta e uma proposta. Gosto de colocar a performance em perspectiva histórica e relativizar sua origem ao invés de buscar defini-la ou enquadrá-la teoricamente. A estratégia da performance é resistir a definições. Ela trata justamente de desnortear classificações, de desconstruir modos tradicionais de produção e recepção artística. É um expoente da arte contemporânea porque suspende certezas sobre o que seja “obra de arte”, “espectador” e “artista” ao lançar perguntas desconcertantemente fundamentais como: o que é arte? o que move a arte? o quê a arte move? quê arte move? Enquanto gênero, a performance não fixa formas espaciais ou temporais, não utiliza mídias ou materiais específicos, nem estabelece modos de recepção ou critérios de documentação. Alguns performers trabalham em espaços públicos, outros em galerias ou demais espaços destinados à fruição artística, outros em seus próprios estúdios ou casas, enquanto outros preferem espaços rurais. O mesmo sobre a temporalidade da performance: há peças com duração de um ano enquanto outras duram horas, minutos ou mesmo segundos. Quanto às mídias e materiais utilizados pelos artistas, a diversidade também é grande. Quanto à recepção da performance, também impera a indeterminação: alguns artistas performam para espectadores (que tornam-se cúmplices ou testemunhas de seus feitos), outros com os espectadores (que tornam-se assistentes e até mesmo co-realizadores do evento), e outros sem espectadores (e optam por documentar ou não as ações realizadas). Há também aqueles artistas que criam proposições para serem realizadas não por eles, mas pelos próprios “espectadores”. Ou ainda, numa versão radicalmente diferente, aqueles que contratam e pagam pessoas para performar suas propostas. Trocando em miúdos: tentar definir a performance não é apenas contraditório ou redutor, é mesmo impossível. Definir performance é um falso problema. Porém, claro, há fatores comuns entre peças de performance. Sobretudo a ênfase no corpo como tema e matéria. Me restrinjo a destacar algumas tendências gerais: o desmonte de mecânicas clássicas do espetáculo, a desconstrução da representação, o desinteresse pela ficção, a investigação dos limites entre arte e não-arte, a investigação das capacidades psicofísicas do performer, a criação de dramaturgias pessoais e/ou auto-biográficas, a ênfase nas políticas de identidade e em discussões políticas em geral através do corpo e as experimentações em torno das qualidades de presença do espectador.
Qual a relação entre performance e arte, já que performance, de certa forma, está ligada a manifestações distintas de arte? Até que ponto a arte é devedora de uma concepção de performance, e vice-versa?
A hibridação de gêneros é uma das principais características da performance. Aliás, esta possibilidade de fusão ampla, geral e irrestrita de materiais e procedimentos é uma das principais características não apenas da performance mas da produção artística contemporânea. No estudo da teórica de teatro alemã Erika-Fischer-Lichte, intitulado “O Poder Transformador da Performance” (The Transformative Power of Performance), ela propõe que desde o início dos anos 1960, a arte ocidental experimenta o que chama de “performative turn”. Segundo Fischer-Lichte, esta virada performativa inclui todos os gêneros artísticos -cujas fronteiras tornam-se mais fluidas - além de dar origem a performance art propriamente dita. Nas artes visuais, a action painting, a body art, as instalações e as obras de site specific são exemplos deste caráter performativo. Na música, experimentações em torno de temas como “música cênica”, “música visual”, “teatro instrumental” também são exemplos. No teatro, o interesse crescente pela desconstrução da narrativa e da ficção em favor da inclusão do espectador numa cena cada vez mais porosa é outro traço performativo marcante. De modo geral o “performative turn” aponta para a seguinte tendência: o crescente desinteresse pela noção de obra de arte enquanto resultado final do trabalho do artista a ser absorvido e interpretado pelo espectador e, em contrapartida, a crescente valorização do evento que inclui o espectador como elemento constitutivo.
Sua pesquisa parte do princípio de uma desestabilização na relação performer-espectador, principalmente de uma dicotomia bastante difundida da idéia de um performer ativo e um espectador passivo. De que modo seus trabalhos e pesquisas se propõem a buscar uma colaboração entre esses dois agentes?
Para te responder vou comentar resumidamente uma performance - “Ações Cariocas” - que realizei faz pouco tempo no Largo da Carioca [uma das praças mais movimentadas do Centro do Rio de Janeiro]. Para realizar a primeira “Ação Carioca”, levo para o Largo duas cadeiras da cozinha da minha casa, um bloco formato A2 e uma caneta pilot. Quando chego no local escolhido do Largo, tiro o sapato, coloco uma cadeira diante da outra, escrevo no bloco “converso sobre qualquer assunto”, levanto o cartaz e espero. No primeiro dia não fazia idéia do que iria acontecer. Minha motivação era muito clara: dialogar com meus concidadãos, tentar recuperar meu interesse e amor pela cidade onde cresci e que, por conta da corrupção política e da truculência criminosa, tornou-se uma violenta cultura do medo. Para reagir contra minha prostração e frustração resolvi ir para a rua, conversar com quem quisesse conversar comigo, criar uma performance em que a receptividade fosse a chave dramatúrgica. Fato é que, logo depois de erguer o cartaz, quase imediatamente depois, uma pessoa sentou-se comigo. E assim sucessivamente. Várias pessoas, todo tipo de gente, tantas conversas e assuntos que precisaria de páginas e páginas para descrever. No final de cada dia - permanecia cerca de quatro horas na rua e por vezes mais de uma hora com cada pessoa - estava eufórica, totalmente eletrizada, não exatamente pela ocupação de um espaço, mas pela abertura de uma dimensão, uma dimensão performativa; energizada pelo reencontro com a cidade e com a minha própria cidadania; energizada por podermos criar juntos, através do diálogo, e na medida de nossas micro-percepções e micro-políticas, novas possibilidades para nós, a arte e a cidade.
Falando sobre o conteúdo do módulo ´Dança e Performance´, existe uma aproximação maior entre performance e dança do que em relação a outras manifestações artísticas? Como o conceito de performance se insere no panorama da dança contemporânea?
Existe uma aproximação maior apenas na medida em que a dança sempre valorizou o corpo. O que não quer dizer que a dança tenha sempre valorizado um corpo que pensa ou um pensamento sobre criação de corpo e de mundo. Aqui lembro do teórico da dança André Lepecki, de seu trabalho voltado para o desenvolvimento de uma “dança-que-se-pensa”, uma dança capaz de reconhecer e rearticular as forças sociais, políticas e ideológicas que a condicionam. Desde os anos 1960, dançarinos e coreógrafos interessados em repensar as possibilidades da dança vêm se perguntando o quê os move, e não simplesmente como mover-se. Foi numa entrevista com Pina Bausch [bailarina e coreógrafa recém falecida] que li esta articulação esclarecedora. Muitos dos ensaios desde a criação da companhia em Wuppertal nos anos 1970, desenvolviam-se em torno de perguntas que ela fazia aos dançarinos que, para respondê-las, lançavam mãos de todos os seus recursos expressivos (se necessário inclusive a voz e a palavra). Bausch opta por trabalhar com dançarinos mais velhos, opinativos, corpos marcados, etnias diversas, agentes muito diferentes da etérea bailarina clássica. Corpos que, sob a direção de Bausch, absorveram e transformaram as lições de ballet para criar o híbrido “dança-teatro”, movimento que abriu caminho para as atuais pesquisas da dança contemporânea. Seja de maneira consciente ou não, a dança contemporânea é fortemente inspirada pela performance. A dança contemporânea propõe uma revisão radical da definição tradicional de dança - “mover-se ritmicamente acompanhando uma música e, em geral, seguindo uma seqüência de passos”. Em muita dança contemporânea não se encontrará passos, nem música e, talvez, sequer movimento (se compreendido exclusivamente como deslocamento no espaço). Em contrapartida, a materialidade dos corpos, o desvendamento das convenções cênicas, as éticas relacionais e as políticas de identidade serão temas possivelmente evocados através de pesquisas que podem envolver desde lingüística, novas tecnologias e arquitetura até física, biologia e filosofia. Como a performance sugere, não interessa neste momento definir o que é a dança contemporânea, mas perguntar em cada aqui e a cada agora, o que queremos que dança seja. Cada espetáculo será pois uma resposta momentânea para esta questão recorrente.
FÁBIO FREIRE / Repórter
http://diariodonordeste.globo.com/materia
Atriz, performer, a carioca Eleonora Fabião é Doutora em Estudos da Performance pela New York University, Fabião fala na entrevista a seguir sobre alguns aspectos que permeiam sua pesquisa: a relação da performance com as artes e como o conceito desestabiliza uma idéia preconcebida entre o performer-ativo e espectador-passivo
O conceito de performance ligado à arte é bem escorregadio e, por outro lado, existe uma visão mais senso comum do termo bem limitadora. O que realmente é performance? Existe um conceito mais fechado do termo?
A performance é uma prática artística que se desenvolve como gênero ao longo da segunda metade do século XX, ou seja, depois da Segunda Guerra Mundial e suas catástrofes correlatas. Digo “se desenvolve como gênero” pois muitos historiadores defendem a idéia de que as origens das práticas performativas são mais remotas. Alguns propõe que a performance tem suas raízes fincadas nos movimentos de vanguarda do início do século (dadaísmo, surrealismo etc.). Outros sugerem que a performance é tão antiga quanto o ritual. É importante enfatizar que a noção de performance como a conhecemos hoje aparece por volta dos anos 1960, quando inúmeras manifestações artísticas - que não podiam ser classificadas como teatro, dança, pintura, escultura ou qualquer outro gênero previamente conhecido - começam a acontecer simultaneamente pelo mundo afora. A performance surge no cenário pós-guerra como uma denúncia, uma resposta e uma proposta. Gosto de colocar a performance em perspectiva histórica e relativizar sua origem ao invés de buscar defini-la ou enquadrá-la teoricamente. A estratégia da performance é resistir a definições. Ela trata justamente de desnortear classificações, de desconstruir modos tradicionais de produção e recepção artística. É um expoente da arte contemporânea porque suspende certezas sobre o que seja “obra de arte”, “espectador” e “artista” ao lançar perguntas desconcertantemente fundamentais como: o que é arte? o que move a arte? o quê a arte move? quê arte move? Enquanto gênero, a performance não fixa formas espaciais ou temporais, não utiliza mídias ou materiais específicos, nem estabelece modos de recepção ou critérios de documentação. Alguns performers trabalham em espaços públicos, outros em galerias ou demais espaços destinados à fruição artística, outros em seus próprios estúdios ou casas, enquanto outros preferem espaços rurais. O mesmo sobre a temporalidade da performance: há peças com duração de um ano enquanto outras duram horas, minutos ou mesmo segundos. Quanto às mídias e materiais utilizados pelos artistas, a diversidade também é grande. Quanto à recepção da performance, também impera a indeterminação: alguns artistas performam para espectadores (que tornam-se cúmplices ou testemunhas de seus feitos), outros com os espectadores (que tornam-se assistentes e até mesmo co-realizadores do evento), e outros sem espectadores (e optam por documentar ou não as ações realizadas). Há também aqueles artistas que criam proposições para serem realizadas não por eles, mas pelos próprios “espectadores”. Ou ainda, numa versão radicalmente diferente, aqueles que contratam e pagam pessoas para performar suas propostas. Trocando em miúdos: tentar definir a performance não é apenas contraditório ou redutor, é mesmo impossível. Definir performance é um falso problema. Porém, claro, há fatores comuns entre peças de performance. Sobretudo a ênfase no corpo como tema e matéria. Me restrinjo a destacar algumas tendências gerais: o desmonte de mecânicas clássicas do espetáculo, a desconstrução da representação, o desinteresse pela ficção, a investigação dos limites entre arte e não-arte, a investigação das capacidades psicofísicas do performer, a criação de dramaturgias pessoais e/ou auto-biográficas, a ênfase nas políticas de identidade e em discussões políticas em geral através do corpo e as experimentações em torno das qualidades de presença do espectador.
Qual a relação entre performance e arte, já que performance, de certa forma, está ligada a manifestações distintas de arte? Até que ponto a arte é devedora de uma concepção de performance, e vice-versa?
A hibridação de gêneros é uma das principais características da performance. Aliás, esta possibilidade de fusão ampla, geral e irrestrita de materiais e procedimentos é uma das principais características não apenas da performance mas da produção artística contemporânea. No estudo da teórica de teatro alemã Erika-Fischer-Lichte, intitulado “O Poder Transformador da Performance” (The Transformative Power of Performance), ela propõe que desde o início dos anos 1960, a arte ocidental experimenta o que chama de “performative turn”. Segundo Fischer-Lichte, esta virada performativa inclui todos os gêneros artísticos -cujas fronteiras tornam-se mais fluidas - além de dar origem a performance art propriamente dita. Nas artes visuais, a action painting, a body art, as instalações e as obras de site specific são exemplos deste caráter performativo. Na música, experimentações em torno de temas como “música cênica”, “música visual”, “teatro instrumental” também são exemplos. No teatro, o interesse crescente pela desconstrução da narrativa e da ficção em favor da inclusão do espectador numa cena cada vez mais porosa é outro traço performativo marcante. De modo geral o “performative turn” aponta para a seguinte tendência: o crescente desinteresse pela noção de obra de arte enquanto resultado final do trabalho do artista a ser absorvido e interpretado pelo espectador e, em contrapartida, a crescente valorização do evento que inclui o espectador como elemento constitutivo.
Sua pesquisa parte do princípio de uma desestabilização na relação performer-espectador, principalmente de uma dicotomia bastante difundida da idéia de um performer ativo e um espectador passivo. De que modo seus trabalhos e pesquisas se propõem a buscar uma colaboração entre esses dois agentes?
Para te responder vou comentar resumidamente uma performance - “Ações Cariocas” - que realizei faz pouco tempo no Largo da Carioca [uma das praças mais movimentadas do Centro do Rio de Janeiro]. Para realizar a primeira “Ação Carioca”, levo para o Largo duas cadeiras da cozinha da minha casa, um bloco formato A2 e uma caneta pilot. Quando chego no local escolhido do Largo, tiro o sapato, coloco uma cadeira diante da outra, escrevo no bloco “converso sobre qualquer assunto”, levanto o cartaz e espero. No primeiro dia não fazia idéia do que iria acontecer. Minha motivação era muito clara: dialogar com meus concidadãos, tentar recuperar meu interesse e amor pela cidade onde cresci e que, por conta da corrupção política e da truculência criminosa, tornou-se uma violenta cultura do medo. Para reagir contra minha prostração e frustração resolvi ir para a rua, conversar com quem quisesse conversar comigo, criar uma performance em que a receptividade fosse a chave dramatúrgica. Fato é que, logo depois de erguer o cartaz, quase imediatamente depois, uma pessoa sentou-se comigo. E assim sucessivamente. Várias pessoas, todo tipo de gente, tantas conversas e assuntos que precisaria de páginas e páginas para descrever. No final de cada dia - permanecia cerca de quatro horas na rua e por vezes mais de uma hora com cada pessoa - estava eufórica, totalmente eletrizada, não exatamente pela ocupação de um espaço, mas pela abertura de uma dimensão, uma dimensão performativa; energizada pelo reencontro com a cidade e com a minha própria cidadania; energizada por podermos criar juntos, através do diálogo, e na medida de nossas micro-percepções e micro-políticas, novas possibilidades para nós, a arte e a cidade.
Falando sobre o conteúdo do módulo ´Dança e Performance´, existe uma aproximação maior entre performance e dança do que em relação a outras manifestações artísticas? Como o conceito de performance se insere no panorama da dança contemporânea?
Existe uma aproximação maior apenas na medida em que a dança sempre valorizou o corpo. O que não quer dizer que a dança tenha sempre valorizado um corpo que pensa ou um pensamento sobre criação de corpo e de mundo. Aqui lembro do teórico da dança André Lepecki, de seu trabalho voltado para o desenvolvimento de uma “dança-que-se-pensa”, uma dança capaz de reconhecer e rearticular as forças sociais, políticas e ideológicas que a condicionam. Desde os anos 1960, dançarinos e coreógrafos interessados em repensar as possibilidades da dança vêm se perguntando o quê os move, e não simplesmente como mover-se. Foi numa entrevista com Pina Bausch [bailarina e coreógrafa recém falecida] que li esta articulação esclarecedora. Muitos dos ensaios desde a criação da companhia em Wuppertal nos anos 1970, desenvolviam-se em torno de perguntas que ela fazia aos dançarinos que, para respondê-las, lançavam mãos de todos os seus recursos expressivos (se necessário inclusive a voz e a palavra). Bausch opta por trabalhar com dançarinos mais velhos, opinativos, corpos marcados, etnias diversas, agentes muito diferentes da etérea bailarina clássica. Corpos que, sob a direção de Bausch, absorveram e transformaram as lições de ballet para criar o híbrido “dança-teatro”, movimento que abriu caminho para as atuais pesquisas da dança contemporânea. Seja de maneira consciente ou não, a dança contemporânea é fortemente inspirada pela performance. A dança contemporânea propõe uma revisão radical da definição tradicional de dança - “mover-se ritmicamente acompanhando uma música e, em geral, seguindo uma seqüência de passos”. Em muita dança contemporânea não se encontrará passos, nem música e, talvez, sequer movimento (se compreendido exclusivamente como deslocamento no espaço). Em contrapartida, a materialidade dos corpos, o desvendamento das convenções cênicas, as éticas relacionais e as políticas de identidade serão temas possivelmente evocados através de pesquisas que podem envolver desde lingüística, novas tecnologias e arquitetura até física, biologia e filosofia. Como a performance sugere, não interessa neste momento definir o que é a dança contemporânea, mas perguntar em cada aqui e a cada agora, o que queremos que dança seja. Cada espetáculo será pois uma resposta momentânea para esta questão recorrente.
FÁBIO FREIRE / Repórter
http://diariodonordeste.globo.com/materia
sábado, 18 de setembro de 2010
LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA: VIOLENCIA POLÍTICA, MEMORIA HISTÓRICA Y TESTIMONIO EN ANTÍGONA, DE JOSÉ WATANABE Y EL GRUPO YUYACHKANI
Gino Luque Bedregal
Memoria, experiencia y discurso
En este punto de la exposición, los planteamientos de Teresa de Lauretis (Alice Doesn’t) y Joan Scott (“Experience”) sobre el concepto de experiencia pueden resultar bastante útiles para la argumentación que aquí se presenta y, de hecho, es posible extrapolar algunas de sus observaciones sobre el tema de la experiencia al objeto que aquí convoca nuestra atención, en la medida en que la memoria, tal como han señalado algunos críticos (Van Alphen, “Symptons of Discursivity” 24-26), puede entenderse como una forma de experiencia. En líneas generales, ambas autoras sostienen que la experiencia es, fundamentalmente, discursiva, por lo que no es tan directa ni está tan poco mediada como se suele asumir fuera del ámbito académico. Por tanto, la experiencia depende del discurso para existir, es decir, no solo depende de los eventos o de los acontecimientos acaecidos, sino que está mediatizada por el lenguaje y por el marco cultural interpretativo en el que dicho evento o acontecimiento se expresa, piensa y conceptualiza. Esta perspectiva supone, entonces, la disponibilidad de herramientas simbólicas como precondición para el proceso en el cual se construye la subjetividad.
De modo más específico, la redefinición del concepto de experiencia realizada por De Lauretis enfatiza el trabajo de la ideología. Así, sostiene que la experiencia es el proceso por medio del cual los seres sociales construyen su subjetividad. A través de este proceso, uno se pone a sí mismo o es puesto en la realidad social, y percibe y comprende como subjetivas (en la medida en que se originan y hacen referencia a uno mismo) estas relaciones (materiales, económicas e interpersonales), que son, de hecho, sociales y, en una perspectiva más amplia, históricas (159). Por su parte, Scott establece una relación entre las categorías de experiencia, subjetividad y discursividad. Los sujetos son constituidos discursivamente y la experiencia es un evento lingüístico, en la medida en que no ocurre fuera de los significados establecidos. Sin embargo, no por ello está confinada a un orden fijo de significado. Y dado que el discurso es, por definición, compartido, la experiencia es compartida al mismo tiempo que individual. Asimismo, puesto que la experiencia es la historia del sujeto, el lenguaje es el lugar donde esa historia es representada (34). Por ello, como concluye Ernst van Alphen en su análisis de las relaciones entre experiencia, memoria y trauma en sobrevivientes al Holocausto, en lugar de asumir que los individuos existen y que tienen experiencias, es necesario replantear la relación de la siguiente manera: los sujetos son el efecto del proceso discursivo de sus experiencias. De esa manera, el discurso ya no es más un medio ancilar en el que la experiencia puede ser expresada, sino que desempeña un rol fundamental que permite a la experiencia ocurrir al tiempo que le da forma a su expresión y contenido. La consecuencia de esta reconfiguración de la relación entre estos términos es que la memoria, en tanto manifestación de la experiencia, no alude más al proceso de recuperación del pasado voluntariamente controlado, sino a la propia experiencia del pasado, entendiendo este concepto en los términos definidos a partir del trabajo de Scott (25).
Asimismo, el hecho de que las experiencias se basen en discursos no solo las hace realidades compartidas, sino que dicho rasgo permite que estas, y, por tanto, también, las memorias, sean compartibles. En palabras de Van Alphen, el discurso, que hace posible su existencia, hace también posible compartirlas con otros seres humanos. De esa manera, nuestras experiencias y memorias no nos aíslan del resto de seres humanos, sino que nos permiten interactuar con ellos (37). Este enfoque discursivo de la memoria, como advierte Van Alphen, no debe oscurecer la capacidad de agencia del ser humano dentro del proceso de rememoración. De ese modo, si bien los discursos compartidos culturalmente existen desde antes de que los seres humanos empiecen a usarlos, el uso de un discurso depende siempre de la agencia humana, ya que esta activa el pasado encarnado en los discursos existentes y, al mismo tiempo, trae la experiencia al presente. Por ello, concluye Van Alphen, la memoria no es algo que tenemos, sino algo que producimos en tanto individuos que compartimos una cultura. Así, la memoria es una interacción mutua entre el pasado y el presente, la cual es compartida como cultura pero interpretada (performed) por cada uno de nosotros en tanto individuos (37).
Este proceso de construcción de subjetividades y experiencias, sin embargo, como advierte la propia Scott, no es ni sencillo ni lineal. Si bien los sujetos son constituidos discursivamente, ello no anula la existencia de conflictos entre sistemas discursivos, ni las contradicciones al interior de cada uno ni la multiplicidad de significados que puede tener cada concepto (34). Además, como ya se ha señalado anteriormente, los sujetos tienen agencia, es decir, los sujetos no son receptores pasivos, sino agentes sociales con capacidad de respuesta y transformación. A pesar de ello, como bien precisa Scott, no son individuos autónomos, monolíticos o que ejerzan su voluntad libre y arbitrariamente; son, más bien, sujetos cuya agencia se construye mediante negociaciones y a través del estatus que estos procesos les confieren (34).
Desde esta perspectiva, los acontecimientos rememorados son expresados en una forma narrativa, con lo cual se convierten en la manera en que el sujeto construye un sentido del pasado, una memoria que se expresa en un relato comunicable, con un mínimo de coherencia (Jelin, Los trabajos 27). Esta concepción de la memoria como una construcción discursiva permite extender sobre nuestro objeto de estudio algunas de las observaciones que realiza Hayden White a propósito de la disciplina histórica, en tanto este considera que la historia no es solo una disciplina científica que trata sobre el estudio del pasado, sino que es, ante todo, un discurso, es decir, un modo particular de hablar sobre el pasado, que, por medio del lenguaje, dota a los acontecimientos de significado y establece su carácter fáctico. Ello implica que la historia, al igual que la memoria, se construye en el presente. Sin embargo, este planteamiento no sugiere que los acontecimientos pensados como parte del pasado nunca hayan ocurrido, pero sí que el significado que se pretende encontrar en los hechos del pasado es producto de un sistema de discursos socialmente sancionados (ley, moralidad, etiqueta, maneras, civilidad, género, raza, sexualidad, poder, política, etc.) que opera para definir en qué estriba un hecho y un significado propiamente dichos. Por tanto, para White, el “poder de la palabra” reside en el poder del lenguaje para dotar de significado a la realidad incluso en el proceso de describirla y representarla en la consciencia de la reflexión (“Prefacio” 13-14).
Lo anterior no equivale a plantear una relación transparente entre las palabras y las cosas, ni pretende proponer que las palabras posean una suerte de poder intrínseco a ellas mismas para nombrar la realidad. Como nos recuerda Pierre Bourdieu (¿Qué significa hablar?), el poder de las palabras no está en las palabras mismas, sino en la autoridad que representan y en los procesos ligados a las instituciones que las legitiman. Por ello, como concluye Jelin, la reflexión en torno a la memoria como construcción social narrativa implica el estudio de las propiedades de quien narra, y de la institución que le otorga o niega el poder, y le autoriza a pronunciar las palabras que enuncia, ya que, siguiendo a Bourdieu, la eficacia del discurso performativo es proporcional a la autoridad de quien lo enuncia. Ello supone también prestar atención a los procesos de construcción del reconocimiento legítimo, otorgado socialmente por el grupo al cual se dirige el discurso, dado que la recepción de palabras es, en el fondo, un acto de reconocimiento hacia quien realiza la emisión del discurso que las articula (35-36).
Por tanto, partiendo desde un enfoque que enfatiza el carácter discursivo de la memoria, la tarea de análisis se topará con una situación de luchas por las representaciones del pasado, centradas en la lucha por el poder, la legitimidad y el reconocimiento de los grupos que articulan y sostienen cada una de estas interpretaciones de los hechos. A su vez, estas tensiones implican, por parte de los diversos actores que participan en ellas, estrategias para oficializar o institucionalizar una (su) narrativa del pasado. Parte de esta lucha, lógicamente, será lograr posiciones de autoridad o conseguir que quienes las ocupan acepten y hagan propia la narrativa que se intenta difundir. También implican el despliegue de estrategias para “ganar adeptos”, y ampliar el círculo que acepta y legitima una narrativa, y que la incorpora como propia, identificándose con ella (Jelin, Los trabajos 36).
Las luchas políticas por la memoria
Partiendo de un hecho que podría considerarse evidente, Paul Ricoeur realiza la siguiente observación, a partir de la cual se extraen conclusiones sumamente gravitantes para el enfoque de memoria que se plantea en este trabajo: si bien el pasado es algo terminado y que, por tanto, no puede ser modificado (a diferencia del futuro, que, por el contrario, es abierto, incierto e indeterminado), lo que sí puede cambiar a lo largo del tiempo es el sentido que se le da a ese pasado, sujeto a reinterpretaciones elaboradas en el presente en función de las expectativas futuras. El propio Ricoeur lo expresa de la siguiente manera: “Aunque, en efecto, los hechos son imborrables y no puede deshacerse lo que se ha hecho, ni hacer que lo que ha sucedido no suceda, el sentido de lo que pasó, por el contrario, no está fijado de una vez por todas. . . Podemos considerar este fenómeno de la reinterpretación, tanto en el plano moral como en el del simple relato, como un caso de acción retroactiva de la intencionalidad del futuro sobre la aprehensión del pasado” (La lectura del tiempo 49). Por tanto, como concluye Jelin, el sentido del pasado es un proceso activo, dado por agentes sociales que se ubican en escenarios de confrontación y lucha frente a otras interpretaciones y otros sentidos de los mismos acontecimientos. Así, diferentes actores usan de diferente manera el pasado, colocando en la esfera pública de debate diferentes interpretaciones y sentidos de este con el fin de establecer, convencer y transmitir una narrativa sobre este que pueda llegar a ser aceptada por el resto de la comunidad (Los trabajos 39).
Candau califica estas manipulaciones constantes y permanentes de los eventos del pasado como distorsiones o deformaciones de los hechos cuya finalidad es ajustar el pasado a las representaciones del tiempo presente (75). Jelin emplea un lenguaje, si se quiere, más neutral para describir estos procesos y comenta que el sentido del pasado se da en función de la lucha política presente y de los proyectos de futuro. Así, agrega, cuando esta lucha se plantea de manera colectiva, es decir, como el intento de construir una memoria histórica o una tradición, o, lo que es lo mismo, como proceso de conformación de una cultura y de búsqueda de las raíces de la identidad, el espacio de la memoria se convierte en un espacio de lucha política. Las rememoraciones colectivas, entonces, se convierten en instrumentos para legitimar discursos, en herramientas para establecer comunidades de pertenencia e identidades colectivas, y en fundamento para el accionar de movimientos sociales que promueven y empujan distintos modelos de futuro (“Exclusión” 99).
De esa manera, es imposible encontrar una memoria, una visión y una interpretación únicas del pasado y mucho menos compartidas por toda una sociedad. Existen sí períodos históricos en los que el consenso con respecto a estas versiones del pasado es mayor, es decir, momentos en los que determinada interpretación de los hechos es más aceptada que otras con las cuales coexiste o en que cierta versión de estos adquiere un carácter hegemónico con relación a las demás. Normalmente, esa versión hegemónica corresponderá a aquella sostenida por los vencedores de conflictos políticos e, incluso, bélicos, quienes establecen qué narrativa será considerada como la historia oficial. Sin embargo, siempre habrá otras historias, otras memorias e interpretaciones alternativas. Lo que hay, entonces, como sostiene Jelin, es una lucha política activa acerca del sentido de lo ocurrido, pero también acerca del sentido de la memoria misma (“Exclusión” 100).
Esta lucha, en muchas ocasiones, es concebida en términos de una “lucha contra el olvido” o como una empresa que responde a mandatos del tipo “recordar para no repetir”, en la medida en que se gesta en coyunturas en las cuales una comunidad juzga necesario ahondar su conocimiento con respecto a un conjunto de experiencias marcadas por el sufrimiento y la injusticia. Estas formulaciones, sin embargo, como bien advierte Jelin, pueden resultar algo tramposas, debido a que oscurecen el hecho que se está intentando plantear en estas páginas con respecto a la naturaleza de los procesos de memoria, al dar la impresión de que existe una sola y correcta interpretación del pasado (a la que se podría arribar a pesar de los obstáculos que se planteen en esta labor hermenéutica), y, así, pueden esconder bajo una apariencia de unidad y cohesión lo que, en realidad, es una oposición entre distintas memorias rivales, cada una de las cuales incorpora sus propios recuerdos y sus propios olvidos. En realidad, no se trata de una lucha de la memoria contra el olvido, sino de memoria contra memoria (“Exclusión” 100; Los trabajos 6). En ese sentido, las formulaciones que hace Candau del problema son bastante ilustrativas e incluso más exactas: este habla de “batallas por la memoria” (71) y “antagonismos entre memorias” (73).
En ese sentido, es necesario indagar acerca de los procesos y actores que intervienen en el trabajo de construcción e institucionalización de las memorias, así como preguntarse por quiénes son esos actores, y con quiénes se enfrentan o dialogan en dichos procesos de composición de recuerdos colectivos. Esta tarea se torna imprescindible en la labor de análisis de los procesos de construcción de memorias, en la medida en que en ellos participan, como apunta Jelin, actores sociales diversos, con diferentes vinculaciones con la experiencia pasada (quienes la vivieron, quienes la heredaron, quienes la estudiaron, quienes la expresaron de diversas maneras, etc.) y que pugnan por afirmar la legitimidad de su verdad. Se trata, entonces, de actores que luchan por el poder y que legitiman su posición en vínculos privilegiados con el pasado, afirmando su continuidad o su ruptura. Por ello, es imprescindible enfocarse en los conflictos y disputas en la interpretación y sentido del pasado, y en los procesos por medio de los cuales algunos de estos relatos logran desplazar a otros y convertirse, así, en hegemónicos (Jelin, Los trabajos 40).
A su vez, como señalan Elizabeth Hirsh y Valerie Smith en su aproximación al campo de la memoria cultural desde una perspectiva feminista, en la medida en que los procesos memoria siempre tienen que ver con la distribución y reclamos de poder, lo que una sociedad decide recordar y olvidar, es decir, las maneras en que una comunidad representa su pasado, está estrechamente ligado a cuestiones de género, raza y clase, todo lo cual localiza y particulariza el tema de la memoria antes que subsumirlo en categorías monolíticas y esencialistas (6). Por ello, es necesario ampliar el espectro de análisis y abordar cuestiones como las siguientes: ¿Cómo recuerdan las sociedades y las comunidades? ¿Cuál es el papel de estas memorias en la conformación de las interacciones sociales y políticas en democracia? ¿Cuál es el papel de la creación artística, de las conmemoraciones públicas y colectivas, y de los memoriales y museos en este proceso? ¿Cómo son canalizadas y refractadas las luchas sobre qué recordar y cómo caracterizar el pasado por parte de las instituciones y políticas públicas en las nuevas democracias? ¿Cuáles son las implicaciones de estas luchas en el proceso de legitimar el derecho a disentir en sociedades que han estado plagadas de niveles muy bajos de tolerancia y respeto a las opiniones de “otros” diferentes? (Jelin, “Exclusión” 100).
Y, en esta tarea de análisis, es conveniente recoger las lecciones que, al respecto, nos da la crítica feminista, y que Hirsch y Smith, retomando puntos que se han venido discutiendo a lo largo de de este capítulo, sintetizan de la siguiente manera en lo que pudiera leerse como toda una declaración de principios con respecto al trabajo hermenéutico:
From feminist and other varieties of social history, we have learned that public media and official archives memorialize the experiences of the powerful, those who control hegemonic discursive spaces. To find the testimonies of the disenfranchised, we have turned to alternate archives such as visual images, music, ritual and performance, material and popular culture, oral history, and silence. We have recovered forgotten texts and have learned alternate reading strategies from them. From feminist literary and cultural criticism we have learned to be . . . “resisting readers” who interrogate the ideological assumptions that structure and legitimate coherent linear narratives and who can decode narrative repetition, indirection, signifying, and figuration. We have learned to question claims to narrative reliability, seeking instead to understand alternative ways in which truthfulness might be assessed and used. Perhaps most important, we have learned how to analyze and document the practices of private everyday experience, recognizing that they are as politically revealing in their own way as any event played out in the public arena (12).
Transmisión de la memoria por medio del espectáculo
Si bien Halbwachs, como observa Connerton, desestima la discusión acerca de las diferentes formas en que un individuo preserva sus memorias y aquellas por medio de las cuales lo hacen las sociedades, al demostrar que la idea de una memoria individual, absolutamente separada de la memoria social, es una abstracción carente de sentido, el autor no se plantea ni aborda la pregunta acerca de cómo, dado un grupo particular, se transmiten al interior de este las memorias de una generación a la siguiente. Así, de acuerdo con Connerton, si se quiere sostener que un grupo social (cuya duración temporal sea mayor que la de cualquiera de sus individuos y cuyo tiempo de vida supere al de cualquiera de sus miembros) puede recordar, no es suficiente constatar que, en un momento dado, varios de sus miembros retienen simultáneamente ciertas representaciones mentales relativas al pasado del grupo. En realidad, si se quiere hablar de memoria colectiva, es necesario hacer referencia a actos de comunicación entre individuos. Por tanto, estudiar la formación social de la memoria supone el estudio de dichos actos de transferencia que posibilitan el recordar en conjunto (38-39). Estos actos de transferencia son definidos por Connerton como actos que ocurren en el presente por medio de los cuales individuos y grupos construyen sus identidades recordando un pasado común basado en normas, convenciones y prácticas comunes. Estas transacciones, como sugieren Hirsch y Smith, surgen de una dinámica compleja entre el pasado y el presente, lo individual y lo colectivo, lo público y privado, el recuerdo y el olvido, el poder y la ausencia de poder, el trauma y la nostalgia, lo consciente y lo inconsciente, los miedos y los deseos. Así, la memoria cultural, siempre mediada por el lenguaje y otros marcos culturales, es el producto de experiencias individuales y colectivas fragmentarias articuladas a través de tecnologías y medios que las forman y transmiten. Los actos de memoria son, entonces, actos de performance, representación e interpretación que requieren agentes específicos en contextos también específicos (5). En ese sentido, Connerton propone complementar los planteamientos de Halbwachs incorporando a la discusión el análisis del rol que los sistemas de comunicación desempeñan en la formación, preservación y transmisión de la memoria colectiva. Esta exigencia metodológica se basa en que las imágenes del pasado y el conocimiento recuperado a partir de estas es transmitido y sustentado por medio de performances (más o menos) rituales (38). De hecho, como precisa Bal, el sujeto no es simplemente portador de recuerdos, sino que también los puede performar (vii). Jelin, por su parte, expone una idea que complementa perfectamente a la observación anterior: si bien la memoria se produce en tanto hay sujetos que comparten una cultura y en tanto hay agentes sociales que intentan materializar estos sentidos del pasado en diversos productos culturales que son concebidos como, o que se convierten en, vehículos de la memoria (tales como libros, museos, monumentos o películas), la memoria también se manifiesta en actuaciones y expresiones que, antes que re-presentar el pasado, lo incorporan al presente performativamente (Los trabajos 37).
Por ello, se torna imprescindible aislar y considerar con mayor detenimiento ciertos actos presentes tanto en sociedades tradicionales como en sociedades modernas por medio de los cuales se transmiten relatos e interpretaciones acerca del pasado, y, en ese sentido, por medio de los cuales ese pasado se mantiene vigente, y convoca y actualiza una identidad colectiva. Como ejemplos paradigmáticos de estos actos de transferencia, Connerton menciona las ceremonias conmemorativas y las prácticas corporales. Si bien estos no son los únicos actos que desempeñan esta función al interior de una comunidad (por ejemplo, también se podrían citar las narraciones orales), estas dos prácticas revelan de manera explícita que las imágenes del pasado, así como la recuperación de conocimiento vinculado a este, son transmitidas y mantenidas vigentes por medio de performances, en alguna medida, rituales, al tiempo que permiten estudiar los procesos de cambio y permanencia social, en la medida en que la memoria colectiva es tanto un sistema de transferencia (y transformación) de conocimiento como un agente de resistencia (39-40).
El planteamiento de Connerton con relación a los aspectos performativos de la memoria colectiva inaugura una concepción espectacular de esta, tanto como producto de las narrativas de los sectores asociados al poder político como de aquellos relatos compuestos desde los márgenes por los sectores subalternos (75). Desde esta perspectiva, la configuración de una memoria histórica radica en la posibilidad de articular una serie de imágenes y narrativas que deben ser constantemente conmemoradas por medio de rituales y ceremonias públicas que reafirmen ese pasado común. Ello equivale a sostener que el concepto de memoria involucra la articulación de símbolos visuales, imágenes, protocolos y puestas en escena que conforman un relato acerca de un pasado común que puede ser constantemente recordado como fuente de inspiración y sentido, y como herramienta para interpretar las circunstancias actuales dentro del proceso del acontecer histórico (Del Campo 70). Por ello, si bien Connerton no se refiere precisamente al carácter espectacular de la memoria colectiva, sino, más bien, al carácter performativo de los hábitos sociales de los ciudadanos y a su capacidad para difundirlos, reinterpretarlos o subvertirlos a partir de prácticas cotidianas que involucran la puesta en escena del cuerpo social en el espacio público (y, con ello, la puesta en escena de distintas versiones públicas de la memoria social), la importancia que le asigna a las ceremonias conmemorativas y prácticas corporales validan una concepción de la capacidad de recordar a partir de imágenes y puestas en escena.
Según esta lectura metateatral del trabajo de la memoria, la memoria de una sociedad estaría inscrita en un conjunto de elementos espaciales, discursivos, visuales y rituales. Por ello, como propone Del Campo, la construcción de la memoria histórica de una nación se cristalizará en una secuencia narrativa con sentido que es actualizada en una serie de puestas en escenas rituales por medio de códigos visuales y auditivos (76). Así, cada una de estas performances constituiría, en su manejo espectacular, una nueva propuesta de versión pública (si no, oficial) de ese pasado histórico que pretende, ya sea desde el Estado o desde los grupos de oposición y resistencia, redefinir el accionar futuro a partir de este constante proceso de construcción, reconstrucción y resemantización de imágenes y símbolos. De ese modo, las performances mediante las cuales se pone en escena la memoria histórica establecen las interpretaciones, en ese momento válidas, de la identidad nacional así como la espectacularidad oficial mediante la cual esa versión de la historia se sostiene (70).
En esta concepción de la memoria histórica en tanto categoría espectacular, el cuerpo de los individuos (y más aún el de los performers de la memoria) adquiere un rol central, en tanto puede ser considerado una especie de monumento viviente. Así, de acuerdo con Jonathan Boyarin, si bien la memoria no puede ser estrictamente individual en la medida en que es simbólica y, por tanto, intersubjetiva, tampoco puede ser enteramente social, pues se encuentra asentada en corporalidades (26). De hecho, el propio Connerton destacaba ya el soporte corporal de la memoria en tanto esta se apoya en la performance para su transmisión. Así, según este, en la práctica, se producía la siguiente cadena lógica: si hay algo así como una memoria social, podemos encontrar ese algo en las ceremonias conmemorativas, y estas son conmemorativas solo si son preformativas, y la memoria performativa es corporal, en la medida en que la performance es esencialmente corporal (71). Un poco más adelante, Connerton especifica su afirmación con mayor detalle. Así, señala que preservamos versiones del pasado representándonoslo a nosotros mismos y a nuestra comunidad por medio de palabras e imágenes, y que las ceremonias conmemorativas son ejemplos preeminentes de esto, ya que conservan una lectura del pasado mediante representaciones de sus eventos. Estas reencarnaciones del pasado normalmente incluyen un simulacro de una escena o una situación recapturada, y el poder de persuasión de la retórica de estas representaciones depende, en mucho, de conductas corporales prescritas. Sin embargo, agrega, también podemos preservar el pasado deliberadamente sin representarlo explícitamente en palabras e imágenes. Y es que nuestros propios cuerpos, que en las conmemoraciones estilísticamente representan imágenes del pasado, también guardan el pasado en una forma enteramente efectiva en su continua habilidad para realizar ciertas acciones. Ello lleva a Connerton a afirmar que la memoria del pasado también está sedimentada en nuestro cuerpo (72).
El empleo del término memoria corporalizada, propuesto por Boyarin, resulta clave para la lectura metateatral de la dinámica de la memoria que se está ensayando en estas páginas así como para la aproximación a la noción de memoria histórica como categoría espectacular, corolario de este enfoque. Dicha noción revela, simultáneamente, tanto que la memoria es un constructo ideológico del Estado para apelar a la experiencia orgánica de los miembros que integran dicha colectividad, como que el sujeto es una reserva individual y corporalizada de memoria. Como señala Del Campo, desde un punto de vista biológico, la memoria se ubica, en términos espaciales, tanto en el cerebro como en toda la corporalidad del individuo (talla, peso, enfermedades, cicatrices, etc.), pero, metafóricamente, el propio cuerpo del individuo puede ser leído como una suerte de objeto arqueológico en el que se condensan aspectos del modo de vida y de la acumulación de capital cultural al que ese sujeto ha tenido acceso. Una consecuencia de este enfoque, concluye la autora, es que si se asume que la memoria está inscrita en todas las habilidades que posee el sujeto, también tiene que estar presente en la habilidad de testimoniar el dolor propio y ajeno para evitar el olvido, y crear estéticas, poéticas, gestualidades, posturas y voces, es decir, todo un registro dramático aprendido, recordado y utilizado estratégica e instrumentalmente en las diversas puestas en escena de la nación (83-84).
Desde la perspectiva que se viene exponiendo en estas páginas, las luchas políticas de la memoria de las que se comentó en el acápite anterior y los modos en que la memoria histórica se rearticularía tras un periodo histórico traumático se replantearían en términos semejantes a los desarrollados por Del Campo en su estudio sobre la transición democrática en el caso chileno. A saber, la lucha ideológica se daría en el campo de las negociaciones de símbolos visuales, gestuales, auditivos y puestas en escena de momentos y actores sociales como una manera de rescribir la historia desde el punto de vista de distintos sectores políticos y de reconfigurar la memoria histórica nacional. La enunciación de cada sector pondría en escena una teatralidad que buscaría, desde su propia óptica, reconocer y legitimar ciertas posiciones ideológicas. Sin embargo, habría que precisar junto con Del Campo, dado que la puesta en escena social no es generada por un productor único ni mucho menos homogéneo, esta, a su vez (y quizá a su pesar), tendería a revelar también las fisuras, las inestabilidades y los conflictos subyacentes al proceso de negociación entre interpretaciones diversas de la historia. El valor del producto cultural resultante radicaría, así, no tanto en su calidad y perfección estética, sino en el modo en que este hace evidente las negociaciones y luchas de símbolos y de poder que debieron haberse llevarse a cabo en el proceso de composición de cada versión. En ese sentido, metafóricamente, cada interpretación del pasado adquiriría el carácter de una suerte de creación colectiva a través de la cual sería posible desvelar la pluralidad de voces en tensión comprometidas en ella, tanto a nivel del texto dramático (es decir, del relato sobre el pasado que se articula) y de su puesta en escena, como en la recepción del espectáculo por un público altamente participativo (28-29).
Edições CELCIT, Argentina
http://www.celcit.org.ar/bajar.php?hash=dHlwKzAxMA==
domingo, 8 de agosto de 2010
Espirais do mito e do teatro
Por Bia Labate
Narrativa do povo Marubo na peça "Raptada pelo Raio", escrita pelo antropólogo Pedro Cesarino
Feito raro, uma narrativa indígena cantada, "Kaná Kawã", do povo Marubo, transformou-se em peça de teatro. Escrita pelo antropólogo e poeta Pedro Cesarino para a Cia. Livre, "Raptada pelo Raio" é a recriação de um mito desta população que vive no Vale do Javari, na fronteira com o Peru, que conta a história de uma mulher cuja alma (ou "duplo") é raptada pelos espíritos do raio. Para tentar recuperá-la, seu marido faz uma viagem pelo cosmos, enfrentando diversas batalhas com o auxílio de povos estranhos.
O espetáculo, dirigido pela premiada Cibele Forjaz, esteve em cartaz em São Paulo e procurava trazer algo destes mundos invisíveis e outros. Numa das cenas, o espectador deitava numa rede e tinha os olhos tapados com máscaras que aludem aos trabalhos da artista Lygia Clark. É como se nossa sociedade, marcada pela hegemonia do sentido da visão, procurasse cada vez mais alteridades sensoriais, um modo de "não ver" que revelasse "outras formas de ver".
Na entrevista a seguir, Cesarino, doutor em antropologia pelo Museu Nacional (UFRJ), fala do trabalho de "transcriação" do mito para o teatro e reflete sobre as continuidades e descontinuidades entre o fazer antropológico e a criação artística, os desafios das “traduções” e a questão da autoria. Seu trabalho em "Raptada pelo Raio", entre outros atributos, tem a importância de oferecer a um público mais amplo, distante da academia e da etnologia, uma leitura de um belo mito indígena pouco conhecido.
Como surgiu a ideia de fazer este trabalho?
Pedro Cesarino: Em 2007, a diretora da Cia Livre, Cibele Forjaz, me chamou para fazer a pesquisa de um projeto apoiado pelo Programa de Fomento ao Teatro da Cidade de São Paulo, chamado "Mitos de Morte e Renascimento na Cultura Brasileira". O objetivo inicial deles era dar conta dos universos indígenas, afrobrasileiros e mestiços, tendo em vista a realização de um espetáculo teatral no final do trabalho de pesquisa. Logo no início das aulas, a equipe da Cia. Livre percebeu que a tarefa era gigantesca e preferiu, então, se concentrar nos universos indígenas.
O assunto tratado pela Cia. Livre convergia com a minha tese de doutorado, que eu terminava de escrever naquele mesmo ano: um estudo e uma tradução de cantos rituais dos Marubo, que incluía uma longa série de cantos funerários. Começamos então a selecionar um grande conjunto de narrativas (dos Marubo e de vários outros povos ameríndios), que eu traduzia e trazia para a elaboração teatral.
Isso tudo era feito junto com aulas teóricas de antropologia, filosofia e mitologia, cujos objetivos eram os seguintes: 1) problematizar o conceito de identidade e sua impregnação nos universos indígenas; 2) diferenciá-los da idéia de "cultura nacional" e de "cultura popular", tendo em vista um estudo de suas especificidades cosmológicas; 3) apresentar modos possíveis de articulação e contrastes entre os registros estéticos ameríndios e ocidentais.
O trabalho se transformou no espetáculo "VemVai, o Caminho dos Mortos", que teve ótima recepção de crítica e de público, além de premiações importantes. Neste espetáculo, a dramaturgia foi feita por Newton Moreno, uma livre recriação dos materiais de pesquisa fornecidos e traduzidos por mim. Um dos materiais iniciais era uma narrativa mítica cantada, Kaná Kawã, uma espécie de versão ameríndia do mito de Orfeu, que se destacava por sua beleza singular. Preferimos deixar esse material para um projeto futuro, que se concretizou agora neste espetáculo, "Raptada Pelo Raio".
Qual é o contexto original deste mito?
Cesarino: "Kaná Kawã" é um saiti, uma narrativa mítica cantada por um xamã experiente para os seus parentes. É cantado/contado, portanto, para que os Marubo o memorizem, coisa que nem sempre acontece nos dias de hoje. O mito original é sobre o rapto da alma ou duplo de uma mulher pelos espíritos do raio. O marido da mulher deverá depois fazer uma jornada por diversos patamares do cosmos para resgatar a alma de sua esposa. Após fazer uma batalha com o povo-raio, ele acaba por trazê-la de volta, mas ela sempre retorna à casa dos raios, tão logo chega na terra dos humanos.
Depois de três idas e voltas, a alma da mulher começa a se desfazer: na terra, os parentes do marido haviam cremado o cadáver, o que interfere diretamente na condição da alma do morto e conduz, assim, ao desfecho infeliz da história. A narrativa é sobre temas diversos: oferece uma reflexão sobre as práticas de canibalismo funerário outrora realizada pelos Marubo (ingestão das cinzas do cadáver), que compromete o destino póstumo dos mortos. É também um mito sobre raptos de mulheres e dinâmicas de retaliações entre povos ou coletivos vizinhos (sejam eles visíveis ou invisíveis, isto é, espíritos), além de apresentar uma espécie de descrição narrativa da cartografia mítica marubo.
O mito apresenta, assim, uma reflexão sobre os dilemas da aliança e da relação com povos estrangeiros, entre os quais os próprios brancos, que aparecem em um determinado momento da narrativa original. Todo mito é uma forma ativa de pensamento: ao ser contado, ele faz com que as pessoas reflitam sobre os seus temas e estabeleçam conexões com toda uma série de outras narrativas afins.
Como se deu o seu contato com este mito?
Cesarino: Meu primeiro contato com este mito surgiu na seguinte circunstância. Certa noite, o xamã Armando Cherõpapa dizia que os espíritos do raio andavam de ônibus e automóveis por longas avenidas de suas cidades. Achei a imagem intrigante e perguntei pela história destes espíritos. Veio essa narrativa acima descrita.
De fato, o canto é também uma reflexão sobre os brancos. Ao chegar na casa dos raios, Xamã Samaúma, o protagonista do texto original, convoca uma série de espíritos-pássaro para auxiliá-lo na batalha. Esses espíritos são, na verdade, os que detêm conhecimentos sobre armas de fogo e demais estratégias de guerra, que, mais adiante, seriam ensinadas por eles mesmos aos policiais e soldados dos brancos. Portanto, os espíritos já possuíam esse conhecimento antes de nós –e não adianta perguntar se isso não era uma influência do contato, os xamãs dizem que os espíritos sempre conheceram as armas de fogo.
O mito recapitula, de alguma forma, as (menos célebres do que deveriam ser) considerações de Lévi-Strauss em "História de Lince": os pensamentos ameríndios possuem um espaço prefigurado para os brancos, através dos quais as transformações sociais podem ser pensadas. Uma pedra no sapato para contrastes engessados entre tradição e modernidade aos quais estamos acostumados: vemos aí (e em vários outros casos) como, no seio do que consideraríamos como claramente "tradicional", está uma reflexão viva (e antiga) sobre a tecnologia dos estrangeiros.
Na apresentação do espetáculo lemos que você traduziu o mito. Qual é o seu grau de familiaridade com a língua original?
Cesarino: Falo marubo com bastante desenvoltura e pesquiso a língua desde 2004, a partir de 14 meses de trabalho de campo em aldeia. O mais importante não é falar fluentemente uma língua que se pretende traduzir, mas sobretudo entendê-la –e, no caso da etnografia, saber fazer as perguntas certas. E, claro, conhecer bem a língua em que se vai verter os textos –o português, no caso.
Em que consistiu o seu papel exatamente? Como foi o trabalho de dramaturgia?
Cesarino: A partir da tradução feita por mim do canto-mito "Kaná Kawã", que eu batizei de "Raptada Pelo Raio", realizei uma livre recriação para dramaturgia em processo colaborativo com a Cia. Livre. Isso quer dizer que desloquei a tradução original para o registro da dramaturgia, de construção de cenas, diálogos e personagens livremente inspirados na narrativa.
Grande parte do texto de dramaturgia é construído em ensaio, ou seja, atende a necessidades da atuação, encenação e cenografia; precisa construir falas, conexões, desenvolvimentos de personagens e demais elementos que não constam no mito original. Precisa, acima de tudo, construir conexões criativas com o público de teatro e com as inquietações dos artistas da Cia. Livre. O trabalho de dramaturgia é, portanto, neste caso, um trabalho de transposição ou de transfiguração criativa de um registro para outro.
Para isso, escrevi diversas passagens e falas que não estão no mito, recriei nomes de personagens, das paisagens percorridas pelo protagonista, dos elementos e referências imagéticas. Mantive apenas a estrutura narrativa e a cadência rítmica da tradução do canto, em algumas passagens. Diversos trechos do texto foram também transformados em letras para canções, para que se harmonizassem com a trilha sonora original do espetáculo, composta por Lincoln Antonio.
Quais podem ser considerados os principais riscos de uma "tradução" como essa?
Cesarino: É preciso distinguir dois níveis ao menos de tradução: o primeiro, referente ao estabelecimento de um mito em uma versão escrita, que já é uma transcriação literária de um texto oral, e o segundo, referente à transposição para dramaturgia. Cada uma das etapas possui desafios distintos.
A primeira apresenta o desafio de "transcriar" características de uma poética verbal ameríndia para o texto escrito em forma literária. A segunda deve obedecer a outra forma de desafio: o de transformar uma tradução poética de um canto-mito em uma peça de teatro. Passagens que soam belas aos ouvidos de um leitor silencioso não funcionam necessariamente em uma ação cênica; referências interessantes de uma tradução tornam-se incompreensíveis ou inacessíveis ao jogo teatral, e assim por diante.
Nesse caso, a tradução original já passa para outro patamar, sofre propriamente um processo de transfiguração criativa, entra em contato com uma série de cruzamentos de códigos semióticos que dão origem a um espetáculo teatral. Este acaba sendo um produto de hibridização criativa, de encontro criativo de referências. Toda tradução é um risco – "tradutore traditore"– e tudo é tradução. Sem assumir riscos, não há pensamento e todo pensamento é uma reconfiguração de referências. O conhecimento antropológico é uma tradução dos pensamentos alheios para categorias e dilemas analíticos determinados; a literatura e a criação artística são sempre formas de tradução e de transposição de referenciais múltiplos para uma obra.
Que tipo de resultado você pensava em obter ao decidir se engajar neste projeto?
Cesarino: Não se trata de "obter resultados", mas de suscitar debates e de colocar em circulação um conhecimento e um referencial estético –o ameríndio–, que se encontra divorciado da cultura letrada urbana no Brasil. Trata-se de tentar superar um estado de infantilismo colonial em que a cultura cosmopolita brasileira ainda se encontra: volta-se apenas para os referenciais euroamericanos e coloca os ameríndios em camisas de força diversas, tais como as idéias de "identidade", de "cultura popular", das "simplicidades primitivas", da "baixa cultura", entre outros pressupostos estranhos às características das cosmologias e mitologias que se espalham pelas Américas.
Trata-se, em suma, de colocar em pé de igualdade com os nossos clássicos (mas com as devidas diferenças de matrizes ontológicas) as artes verbais e sistemas de pensamento dos povos ameríndios, cuja complexidade tem passado despercebida ou tem sido apenas silenciada nos últimos 500 anos.
A parceria com uma companhia de teatro, assim como o trabalho de pesquisa em antropologia, implica em levantar a seguinte questão: como lidar com as culturas ameríndias para além do que sugeriram os nossos modernismos? Quais formas de interlocução criativa podemos estabelecer com a imensa diversidade de sentido existente hoje no Brasil? Existem formas diversas de circular e produzir essas questões que precisam ser exploradas, na tentativa de trazer à tona as produções de sentido e de conhecimento que nos cercam.
Você consultou os seus informantes Marubo sobre essa empreitada teatral? Como fica a questão dos direitos autorais?
Cesarino: Não tenho informantes, mas interlocutores. Os Marubo com os quais trabalho não conhecem o teatro, mas sabem da importância de circular algumas parcelas de seus conhecimentos no mundo dos brancos. Toda minha pesquisa esteve, desde o início, através de acordos travados com eles, voltada para a publicação de materiais para as aldeias e para o mundo não-indígena.
http://p.php.uol.com.br/tropico/html/textos/3093,1.shl
Por Bia Labate
Narrativa do povo Marubo na peça "Raptada pelo Raio", escrita pelo antropólogo Pedro Cesarino
Feito raro, uma narrativa indígena cantada, "Kaná Kawã", do povo Marubo, transformou-se em peça de teatro. Escrita pelo antropólogo e poeta Pedro Cesarino para a Cia. Livre, "Raptada pelo Raio" é a recriação de um mito desta população que vive no Vale do Javari, na fronteira com o Peru, que conta a história de uma mulher cuja alma (ou "duplo") é raptada pelos espíritos do raio. Para tentar recuperá-la, seu marido faz uma viagem pelo cosmos, enfrentando diversas batalhas com o auxílio de povos estranhos.
O espetáculo, dirigido pela premiada Cibele Forjaz, esteve em cartaz em São Paulo e procurava trazer algo destes mundos invisíveis e outros. Numa das cenas, o espectador deitava numa rede e tinha os olhos tapados com máscaras que aludem aos trabalhos da artista Lygia Clark. É como se nossa sociedade, marcada pela hegemonia do sentido da visão, procurasse cada vez mais alteridades sensoriais, um modo de "não ver" que revelasse "outras formas de ver".
Na entrevista a seguir, Cesarino, doutor em antropologia pelo Museu Nacional (UFRJ), fala do trabalho de "transcriação" do mito para o teatro e reflete sobre as continuidades e descontinuidades entre o fazer antropológico e a criação artística, os desafios das “traduções” e a questão da autoria. Seu trabalho em "Raptada pelo Raio", entre outros atributos, tem a importância de oferecer a um público mais amplo, distante da academia e da etnologia, uma leitura de um belo mito indígena pouco conhecido.
Como surgiu a ideia de fazer este trabalho?
Pedro Cesarino: Em 2007, a diretora da Cia Livre, Cibele Forjaz, me chamou para fazer a pesquisa de um projeto apoiado pelo Programa de Fomento ao Teatro da Cidade de São Paulo, chamado "Mitos de Morte e Renascimento na Cultura Brasileira". O objetivo inicial deles era dar conta dos universos indígenas, afrobrasileiros e mestiços, tendo em vista a realização de um espetáculo teatral no final do trabalho de pesquisa. Logo no início das aulas, a equipe da Cia. Livre percebeu que a tarefa era gigantesca e preferiu, então, se concentrar nos universos indígenas.
O assunto tratado pela Cia. Livre convergia com a minha tese de doutorado, que eu terminava de escrever naquele mesmo ano: um estudo e uma tradução de cantos rituais dos Marubo, que incluía uma longa série de cantos funerários. Começamos então a selecionar um grande conjunto de narrativas (dos Marubo e de vários outros povos ameríndios), que eu traduzia e trazia para a elaboração teatral.
Isso tudo era feito junto com aulas teóricas de antropologia, filosofia e mitologia, cujos objetivos eram os seguintes: 1) problematizar o conceito de identidade e sua impregnação nos universos indígenas; 2) diferenciá-los da idéia de "cultura nacional" e de "cultura popular", tendo em vista um estudo de suas especificidades cosmológicas; 3) apresentar modos possíveis de articulação e contrastes entre os registros estéticos ameríndios e ocidentais.
O trabalho se transformou no espetáculo "VemVai, o Caminho dos Mortos", que teve ótima recepção de crítica e de público, além de premiações importantes. Neste espetáculo, a dramaturgia foi feita por Newton Moreno, uma livre recriação dos materiais de pesquisa fornecidos e traduzidos por mim. Um dos materiais iniciais era uma narrativa mítica cantada, Kaná Kawã, uma espécie de versão ameríndia do mito de Orfeu, que se destacava por sua beleza singular. Preferimos deixar esse material para um projeto futuro, que se concretizou agora neste espetáculo, "Raptada Pelo Raio".
Qual é o contexto original deste mito?
Cesarino: "Kaná Kawã" é um saiti, uma narrativa mítica cantada por um xamã experiente para os seus parentes. É cantado/contado, portanto, para que os Marubo o memorizem, coisa que nem sempre acontece nos dias de hoje. O mito original é sobre o rapto da alma ou duplo de uma mulher pelos espíritos do raio. O marido da mulher deverá depois fazer uma jornada por diversos patamares do cosmos para resgatar a alma de sua esposa. Após fazer uma batalha com o povo-raio, ele acaba por trazê-la de volta, mas ela sempre retorna à casa dos raios, tão logo chega na terra dos humanos.
Depois de três idas e voltas, a alma da mulher começa a se desfazer: na terra, os parentes do marido haviam cremado o cadáver, o que interfere diretamente na condição da alma do morto e conduz, assim, ao desfecho infeliz da história. A narrativa é sobre temas diversos: oferece uma reflexão sobre as práticas de canibalismo funerário outrora realizada pelos Marubo (ingestão das cinzas do cadáver), que compromete o destino póstumo dos mortos. É também um mito sobre raptos de mulheres e dinâmicas de retaliações entre povos ou coletivos vizinhos (sejam eles visíveis ou invisíveis, isto é, espíritos), além de apresentar uma espécie de descrição narrativa da cartografia mítica marubo.
O mito apresenta, assim, uma reflexão sobre os dilemas da aliança e da relação com povos estrangeiros, entre os quais os próprios brancos, que aparecem em um determinado momento da narrativa original. Todo mito é uma forma ativa de pensamento: ao ser contado, ele faz com que as pessoas reflitam sobre os seus temas e estabeleçam conexões com toda uma série de outras narrativas afins.
Como se deu o seu contato com este mito?
Cesarino: Meu primeiro contato com este mito surgiu na seguinte circunstância. Certa noite, o xamã Armando Cherõpapa dizia que os espíritos do raio andavam de ônibus e automóveis por longas avenidas de suas cidades. Achei a imagem intrigante e perguntei pela história destes espíritos. Veio essa narrativa acima descrita.
De fato, o canto é também uma reflexão sobre os brancos. Ao chegar na casa dos raios, Xamã Samaúma, o protagonista do texto original, convoca uma série de espíritos-pássaro para auxiliá-lo na batalha. Esses espíritos são, na verdade, os que detêm conhecimentos sobre armas de fogo e demais estratégias de guerra, que, mais adiante, seriam ensinadas por eles mesmos aos policiais e soldados dos brancos. Portanto, os espíritos já possuíam esse conhecimento antes de nós –e não adianta perguntar se isso não era uma influência do contato, os xamãs dizem que os espíritos sempre conheceram as armas de fogo.
O mito recapitula, de alguma forma, as (menos célebres do que deveriam ser) considerações de Lévi-Strauss em "História de Lince": os pensamentos ameríndios possuem um espaço prefigurado para os brancos, através dos quais as transformações sociais podem ser pensadas. Uma pedra no sapato para contrastes engessados entre tradição e modernidade aos quais estamos acostumados: vemos aí (e em vários outros casos) como, no seio do que consideraríamos como claramente "tradicional", está uma reflexão viva (e antiga) sobre a tecnologia dos estrangeiros.
Na apresentação do espetáculo lemos que você traduziu o mito. Qual é o seu grau de familiaridade com a língua original?
Cesarino: Falo marubo com bastante desenvoltura e pesquiso a língua desde 2004, a partir de 14 meses de trabalho de campo em aldeia. O mais importante não é falar fluentemente uma língua que se pretende traduzir, mas sobretudo entendê-la –e, no caso da etnografia, saber fazer as perguntas certas. E, claro, conhecer bem a língua em que se vai verter os textos –o português, no caso.
Em que consistiu o seu papel exatamente? Como foi o trabalho de dramaturgia?
Cesarino: A partir da tradução feita por mim do canto-mito "Kaná Kawã", que eu batizei de "Raptada Pelo Raio", realizei uma livre recriação para dramaturgia em processo colaborativo com a Cia. Livre. Isso quer dizer que desloquei a tradução original para o registro da dramaturgia, de construção de cenas, diálogos e personagens livremente inspirados na narrativa.
Grande parte do texto de dramaturgia é construído em ensaio, ou seja, atende a necessidades da atuação, encenação e cenografia; precisa construir falas, conexões, desenvolvimentos de personagens e demais elementos que não constam no mito original. Precisa, acima de tudo, construir conexões criativas com o público de teatro e com as inquietações dos artistas da Cia. Livre. O trabalho de dramaturgia é, portanto, neste caso, um trabalho de transposição ou de transfiguração criativa de um registro para outro.
Para isso, escrevi diversas passagens e falas que não estão no mito, recriei nomes de personagens, das paisagens percorridas pelo protagonista, dos elementos e referências imagéticas. Mantive apenas a estrutura narrativa e a cadência rítmica da tradução do canto, em algumas passagens. Diversos trechos do texto foram também transformados em letras para canções, para que se harmonizassem com a trilha sonora original do espetáculo, composta por Lincoln Antonio.
Quais podem ser considerados os principais riscos de uma "tradução" como essa?
Cesarino: É preciso distinguir dois níveis ao menos de tradução: o primeiro, referente ao estabelecimento de um mito em uma versão escrita, que já é uma transcriação literária de um texto oral, e o segundo, referente à transposição para dramaturgia. Cada uma das etapas possui desafios distintos.
A primeira apresenta o desafio de "transcriar" características de uma poética verbal ameríndia para o texto escrito em forma literária. A segunda deve obedecer a outra forma de desafio: o de transformar uma tradução poética de um canto-mito em uma peça de teatro. Passagens que soam belas aos ouvidos de um leitor silencioso não funcionam necessariamente em uma ação cênica; referências interessantes de uma tradução tornam-se incompreensíveis ou inacessíveis ao jogo teatral, e assim por diante.
Nesse caso, a tradução original já passa para outro patamar, sofre propriamente um processo de transfiguração criativa, entra em contato com uma série de cruzamentos de códigos semióticos que dão origem a um espetáculo teatral. Este acaba sendo um produto de hibridização criativa, de encontro criativo de referências. Toda tradução é um risco – "tradutore traditore"– e tudo é tradução. Sem assumir riscos, não há pensamento e todo pensamento é uma reconfiguração de referências. O conhecimento antropológico é uma tradução dos pensamentos alheios para categorias e dilemas analíticos determinados; a literatura e a criação artística são sempre formas de tradução e de transposição de referenciais múltiplos para uma obra.
Que tipo de resultado você pensava em obter ao decidir se engajar neste projeto?
Cesarino: Não se trata de "obter resultados", mas de suscitar debates e de colocar em circulação um conhecimento e um referencial estético –o ameríndio–, que se encontra divorciado da cultura letrada urbana no Brasil. Trata-se de tentar superar um estado de infantilismo colonial em que a cultura cosmopolita brasileira ainda se encontra: volta-se apenas para os referenciais euroamericanos e coloca os ameríndios em camisas de força diversas, tais como as idéias de "identidade", de "cultura popular", das "simplicidades primitivas", da "baixa cultura", entre outros pressupostos estranhos às características das cosmologias e mitologias que se espalham pelas Américas.
Trata-se, em suma, de colocar em pé de igualdade com os nossos clássicos (mas com as devidas diferenças de matrizes ontológicas) as artes verbais e sistemas de pensamento dos povos ameríndios, cuja complexidade tem passado despercebida ou tem sido apenas silenciada nos últimos 500 anos.
A parceria com uma companhia de teatro, assim como o trabalho de pesquisa em antropologia, implica em levantar a seguinte questão: como lidar com as culturas ameríndias para além do que sugeriram os nossos modernismos? Quais formas de interlocução criativa podemos estabelecer com a imensa diversidade de sentido existente hoje no Brasil? Existem formas diversas de circular e produzir essas questões que precisam ser exploradas, na tentativa de trazer à tona as produções de sentido e de conhecimento que nos cercam.
Você consultou os seus informantes Marubo sobre essa empreitada teatral? Como fica a questão dos direitos autorais?
Cesarino: Não tenho informantes, mas interlocutores. Os Marubo com os quais trabalho não conhecem o teatro, mas sabem da importância de circular algumas parcelas de seus conhecimentos no mundo dos brancos. Toda minha pesquisa esteve, desde o início, através de acordos travados com eles, voltada para a publicação de materiais para as aldeias e para o mundo não-indígena.
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